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jueves, 17 de marzo de 2016

LAS COSAS QUE SIEMPRE LLEVO



LAS COSAS QUE SIEMPRE LLEVO



 La veo a la distancia tirada sobre el pasto, descansando de cara a las nubes con sus manos extendidas como si quisiera abrazar el cielo.

 Yo sólo soy un mero testigo de su sueño infinito y misterioso, de esos sueños que pasan tan ligeros y volubles como las mismas nubes que vuelan sobre ella, nubes que de la nada, van cambiando su forma mientras avanzan en su lento andar celeste, del mismo modo que nuestra relación había cambiado con el paso de los días que se iban descolgando del calendario.

 Todavía tengo fresco el recuerdo de como la conocí por casualidad una noche que se acercó a pedirme fuego. Debo confesar que algunas veces me sentaba en una banca de la plaza, sólo para poder verla unos minutos, ya que siempre estaba en el mismo lugar, esperando salvar el día, con un constante echar humo desde su boca color cereza, que colgaba allí, bajo una hilera grisácea de esa nube que escapaba de su cigarro, y al cabo de dos o tres días (no lo recuerdo bien, pudieron ser mas), ella se acercó a mí, alejándose de la nada con pasos coquetos y un cigarrillo sin encender entre los dedos.

 Aunque yo no era un fumador de todos los días, me había hecho la costumbre de siempre llevar conmigo una cajetilla de cigarros y un encendedor, esto porque ya estaba aburrido de las veces que perdí la oportunidad de charla con algunas mujeres que se acercaban a pedir lumbre. Hasta esa noche, la treta me rendía los frutos esperados.

 Me pidió fuego. Yo le pedí que me hiciera un precio. Ella sonrió moviendo la cabeza de lado a lado, y fingimos que ella era una dama y que yo era un caballero. Fue así que empezamos a salir, mientras nos íbamos dando cuenta que las peores compañías eran siempre las mejores.

 Al cabo de un par de veces dejó de cobrarme. Para entonces, ya estaba perdiendo el interés, y ella constantemente buscaba amor allí donde sólo había aventura. Una mujer de su tipo no encajaba en mis planes y lo sabía. No tenía un segundo propósito y si bien la muchacha era consciente de esto, era como si se quedara ahí parada en la puerta de mi vida. No quería irse ni dejaba entrar a nadie.

 Y hoy, yo aquí parado junto a mi auto, no hago mas que mirarla y recordar los momentos que hemos pasado juntos, los buenos y los malos. Saco un cigarro de los que siempre llevo, y lo enciendo mirando el mismo cielo que ella mira mientras abro el portamaletas.

 Se ve hermosa, y sin duda es una de las mujeres mas bellas que algún día conocí. Tiene los brazos abiertos, los ojos cerrados, y una expresión de calma que jamás le vi antes.

 Me acerco hacia donde sueña, despacio pero sin preocuparme de despertarla con el ruido de mis pasos en la hierba. De hecho, si se hubiera despertado me habría causado una impresión enorme.


 Desde este día, me hice la costumbre de traer conmigo tres cosas para calmar tres angustias: la timidez me hace llevar un encendedor, que uso para romper el hielo con mujeres como ella; los nervios me hacen llevar una cajetilla de cigarros para relajarme, y la pena, me hace cargar en el maletero una pala, para enterrar a las putas muertas.








miércoles, 13 de enero de 2016

EL LUGAR DONDE OCURREN MILAGROS



EL LUGAR DONDE OCURREN MILAGROS


Aquí sentado al borde de años absolutos,
Mi corazón explosivo late,
Entre aullidos de vida y bostezos de carne,
Llorando años que huelen a sangre.

Entre canciones de árboles salvajes,
Y lunas que violentas arden,
Supe de un lugar donde ocurren milagros,
Tuve que cruzar el mundo y llegué tarde.

Injusticia, negra burla del bosque,
A un breve milagro todos tenemos derecho,
Y fue ahí donde aprendí que ese lugar lo llevamos dentro,
Y fue ahí donde supe que el milagro estaba hecho.






FOTOGRAFÍA


FOTOGRAFÍA

 Tenía algo en su mirada. Un pedazo de misterio le asomaba gris por los ojos, y le hacía dedicarme un guiño coqueto a través de ese rectángulo de nueve por once, preso en aquel viejo álbum de fotos. Había algo en ella, ese cliché del “no sé qué”, me había obsesionado al punto en que llegué a tener prácticamente todas sus fotografías.

 En aquel tiempo yo trabajaba restaurando fotos antiguas y fue allí donde la conocí, en un álbum del año 1908, y apenas supe que alguna vez existió, quise saber todo sobre ella y sus veinticuatro años de existencia en este mundo.

 Y debo confesar algo… 

 No solía enamorarme de chicas muertas, hasta que vi sus fotos. 






PACIENCIA


PACIENCIA



 El sol quemaba fuerte mientras avanzaba irreal allá en lo alto, y en su lento trote estelar, iba marcando los días de a uno y sin prisas. Día y noche se reducían tan sólo a mi lamento solitario, al sonido del río, y el caminar lento y juguetón de los pequeños cangrejos que danzaban a mis pies pellizcando moretones.

 Tanto me había acostumbrado, que ya no había diferencia entre sol y luna. No había diferencia entre mi cuerpo y la roca.

 Llegué una tarde, casi noche, flotando entre el reflejo de las primeras estrellas en el agua, y me quedé allí paciente, esperando en la orilla, mientras el agua me lamía las heridas. Ahora la corriente me lame el alma mientras el sol me reseca el pelo.

 Paciencia -me repito a cada instante- sólo debo tener paciencia. Es de sentido común pensar que alguien vendrá a buscarme. No puedo hacer otra cosa que esperar, aunque varios días se me hayan ido, contemplando el baile de los cangrejos mordiendo entre mis dedos.


 Debo tener paciencia y esperar que alguien encuentre mi cadáver.










viernes, 4 de diciembre de 2015

A UN MILÍMETRO DEL SUELO



A UN MILÍMETRO DEL SUELO


 Se conocieron jóvenes, y así tan frágiles e infinitos como sólo ellos dos podían ser, fueron escribiendo en roca la historia de un amor inexperto, incandescente a ratos, y a otros tantos casi sobrenatural.

 Y así, casi colgados de un sueño imposible, caminaban de la mano en un estado tal, que parecían flotar inmunes a la razón y sus vicios. Inmensos de sonrisa y noches de luna, ellos eran el lugar donde ocurría el milagro en el que la noche cruzaba el mundo despacio y en puntillas.

 Varios años pasaron entre paseos de la mano, recorriendo a un milímetro del suelo esos mundos que inventan los enamorados, hasta que el sufrimiento se les hizo parte de la vida, a un punto tal, que pensaron que la vida no era más que sufrimiento.

 Dejaron de verse por años, muchos años. Dejaron de verse y nunca de sentirse.

 Ella empezó a esperarle nuevamente. Él acudió tarde a la cita. Un reencuentro con sabor a nostalgia.

 Una vez más caminaban de la mano, recorriendo sin rumbo calles nuevas, flotando silenciosos y brillando como luceros andantes, siempre a un milímetro del suelo. El viejo amor que los hizo esperarse por todos esos años que pasaron lentos y pesados, no había perdido la fuerza que los hacía caminar sobre el aire; es más, ahora era cuando obraba realmente el milagro… y esta noche, tal como la anterior, partían cada uno al encuentro del otro, para encontrarse y fundirse en un abrazo de una ternura casi cósmica.

 La noche avanza lenta, y segundo a segundo se escapa del reloj de la entrada. Ellos se besan bajo cada árbol, y las pocas personas que les han visto, les miran incrédulas.


 El sol empieza a asomar, rasgando el telón de la noche, apagando las estrellas y desvaneciéndolos de un mundo en el que ya no existen. El alba les avisa que es hora de volver cada uno a su tumba, que ya habrá tiempo en la próxima noche para amarse y recorrer los años que vengan, de la mano y a un milímetro del suelo, flotando como flotan las ánimas.  







sábado, 21 de noviembre de 2015

EL AMOR Y LA GUERRA


EL AMOR Y LA GUERRA

           

 Se jugaban la vida aquella noche, peleando sueños imposibles, cansados, gastados, olvidando en cada movimiento cuánto vale el dolor. La escasa luz les golpea a ambos la cara, haciendo brillar sus ojos de bestia mientras tratan de dominarse el uno al otro. 

 Ambos cedían ante las embestidas que se daban; a ratos se inmovilizaban, sabían el peso de sus manos, conocían bien la técnica. No iban a arriesgarse a dar pasos en falso en medio de la noche, no con los ojos cubiertos de sudor, no con el olfato pendiente de todo. 

 Se maltrataban a sí mismos a través de la carne del otro, de un modo tal que con sólo una mirada se masticaban el alma. Se llevaban casi al borde de la sensación de la muerte, disfrutando el sopor de la semiinconsciencia, llegando a las puertas del cielo, minuto tras minuto, atajo tras atajo.

 Los ataques no causaban más que débiles rasguños, y la carne adormecida les iba quitando la sensación de estar vivos. El instinto les hacía querer rendirse; no huir, sino entregarse. Ya no luchaban por someterse. Ahora lo hacían para encontrar el lugar más cómodo para caer y entregar el alma.

 Un cuerpo se desploma casi derrotado, ocultando con furia su último aliento, mientras aquella sombra menuda lo reduce bajo su peso. Él sabía que jugar limpio era siempre un error, y desde la nada asesta un último golpe certero. 

 Ella se desploma como cuando caen las estrellas del cielo, y se deja caer sobre su pecho. Su mirada se había hecho amplia y luminosa. Había sido derrotada. Ambos se hunden en un mar de sábanas blancas. 

 Esa noche se hicieron de todo. Se hicieron el amor y la guerra. Ahora ambos cierran sus ojos apagando el universo.  









viernes, 20 de noviembre de 2015

JUGANDO A VIVIR


JUGANDO A VIVIR






 Hoy, como cada noche, mis juguetes reían, cantaban y jugaban entre ellos, allí, en el piso de mi habitación. Por la mañana le diré a mi papá que no me traiga más... que esos niños deben ser enterrados con ellos. 

 Creo que esos juguetes quieren ir al cielo, porque juegan a estar vivos.