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domingo, 29 de enero de 2017

COLECCIONISTA



COLECCIONISTA


Coleccionista de sueños lúgubres
Y amores rotos.
Ojos de misa negra
Híbrida de carne y piedra.













ELLA Y LA MUERTE





ELLA Y LA MUERTE



Su inocencia fue a quedarse
En el lugar donde ella se cruzó con el desastre.
Vagando entre un amar fúnebre y espacios vacíos
La prudencia le impide irse y también quedarse.







SU BAILE





SU BAILE

Ella, bailando desnuda, 

era el poema de amor más loco que alguna vez vi en la vida.
De alguna manera, 
era también el más cruel.








martes, 27 de septiembre de 2016

SIN NADA

SIN NADA




Mi ojo es peregrino en tu vientre arquitecto de una fantasía
Mía, personal, compartida a ratos por nosotros y nuestros personajes.
Somos dos lectores de cuerpos leyendo en simultáneo,
Creyentes del milagro que llena nuestras manos vacías.

Hazme el favor de no vestirte, ni ahora, ni nunca, ni en mi cabeza,
Baila, corre, levántate y anda así sin nada, que así me gusta.
Ven. Sé mi mujer y mi amante y mi amiga perversa 
Que entre tú y todas ellas, tendremos una noche perfecta.

Tu respiración nace en mi oreja y muere en la almohada
En un sepelio relajante y hermoso, íntimo de mordidas en el cuello.
Me convierto en un delicioso dolor entre tus piernas,
Y me reduzco al susurro en el pelo de una fiera recién domada. 

Quédate así como me gustas.
Cansada. Rendida.
Quédate así como me gustas.
Dormida. Cansada.
Quédate así como me gustas.
Húmeda. Sin ropa.
Quédate así como me gustas.
Sin ropa. Sin nada.





jueves, 22 de septiembre de 2016

LITERALMENTE

LITERALMENTE




Quiero, del tiempo presente nocturno
Hacerte, del verbo pervertido
Cosas textuales.

Narrarte fábulas misteriosas
Y de modo imperativo
Darte versos por el cuello.




sábado, 10 de septiembre de 2016

CADÁVER EXQUISITO

CADÁVER EXQUISITO


Nota:
 Cadáver exquisito es un juego de palabras, por medio del cual, se crean maneras de sacar de una imagen muchas más. El resultado es conocido como un cadáver exquisito (cadavre exquis en francés). Es una técnica usada por los surrealistas en 1925, y se basa en un viejo juego de mesa llamado "consecuencias" en el cual los jugadores escribían por turno en una hoja de papel, la doblaban para cubrir parte de la escritura, y después la pasaban al siguiente jugador para otra colaboración.

 Se juega entre un grupo de personas que escriben o dibujan una composición en secuencia. Cada persona sólo puede ver el final de lo que escribió el jugador anterior. El nombre se deriva de una frase que surgió cuando fue jugado por primera vez en francés: « Le cadavre - exquis - boira - le vin - nouveau » (El cadáver exquisito beberá el vino nuevo
).

CADÁVER EXQUISITO

 La casualidad me hizo encontrarla por la calle, justo en el momento en que había olvidado que quise olvidarla. Verla otra vez, fue casi como leer un poema borrado casi por completo.

 Le invité un café y unos besos. El café con un muffin de nuez, en un boulevard que no importa, y los besos largos en mi casa, sólo para verla desordenar, vanidosa y presumida, su pelo entre los viejos libros de páginas amarillentas y aroma a vainilla que estaban entre nosotros.

 Pasábamos otra tarde juntos, alrededor de un par de copas de tinto, igual que cuando éramos estudiantes de letras y nos citábamos para jugar al “cadáver exquisito” durante un rato, y así, rimando poesía de vanguardia, nos íbamos sanando de los viejos amores y las viejas heridas antes que nos infectaran el futuro.

 Habiendo terminado tres juegos completos, mi aliento estallaba en su pelo. Su aroma se mezclaba con el de la tinta vieja de los añosos textos de mi escritorio. Mis libros se iban al piso, cayendo al delicioso ritmo de sus piernas. Quise ofrecerle mis sábanas y la noche entera para descansar.

 Una frase suya deformó el silencio entre nosotros. Una frase con la duración exacta de la última cena del condenado a muerte.

—Soy casada.

 Claro, como si decirme a la cara que redujo al tamaño de una aventura lo que sentía por ella, fuera la solución a los males del mundo.

 Culpa mía. Ella siempre armaba sus amores ideales con los pedazos que arrancaba de aquí y allá, no diferenciaba el amor de un rompecabezas.

 Ella, para mí, se había muerto justo en ese momento. Llegué a odiarla, es cierto, pero ese sentimiento de amor-odio —y todo lo que hay en medio de ambos—, me hizo querer, por cortesía, prepararle un café. No lo aceptó. Sólo quiso que le sirviera una copa de vino. Descorché la mejor botella que tenía.

 Brindamos, ella a mi salud y silencio. Yo brindé a la salud de aquella mujer muerta y sonriente que tenía en frente. Esa que siempre tuvo el amor desordenado.


 Con mi copa en alto hacia ella, no pude evitar sonreír; después de todo… el cadáver exquisito beberá el vino nuevo.





sábado, 21 de noviembre de 2015

EL AMOR Y LA GUERRA


EL AMOR Y LA GUERRA

           

 Se jugaban la vida aquella noche, peleando sueños imposibles, cansados, gastados, olvidando en cada movimiento cuánto vale el dolor. La escasa luz les golpea a ambos la cara, haciendo brillar sus ojos de bestia mientras tratan de dominarse el uno al otro. 

 Ambos cedían ante las embestidas que se daban; a ratos se inmovilizaban, sabían el peso de sus manos, conocían bien la técnica. No iban a arriesgarse a dar pasos en falso en medio de la noche, no con los ojos cubiertos de sudor, no con el olfato pendiente de todo. 

 Se maltrataban a sí mismos a través de la carne del otro, de un modo tal que con sólo una mirada se masticaban el alma. Se llevaban casi al borde de la sensación de la muerte, disfrutando el sopor de la semiinconsciencia, llegando a las puertas del cielo, minuto tras minuto, atajo tras atajo.

 Los ataques no causaban más que débiles rasguños, y la carne adormecida les iba quitando la sensación de estar vivos. El instinto les hacía querer rendirse; no huir, sino entregarse. Ya no luchaban por someterse. Ahora lo hacían para encontrar el lugar más cómodo para caer y entregar el alma.

 Un cuerpo se desploma casi derrotado, ocultando con furia su último aliento, mientras aquella sombra menuda lo reduce bajo su peso. Él sabía que jugar limpio era siempre un error, y desde la nada asesta un último golpe certero. 

 Ella se desploma como cuando caen las estrellas del cielo, y se deja caer sobre su pecho. Su mirada se había hecho amplia y luminosa. Había sido derrotada. Ambos se hunden en un mar de sábanas blancas. 

 Esa noche se hicieron de todo. Se hicieron el amor y la guerra. Ahora ambos cierran sus ojos apagando el universo.  









martes, 10 de noviembre de 2015

CUESTIÓN DE HONOR


CUESTIÓN DE HONOR



 Recuerdo la primera vez que te hablé de este lugar, de cuanto traté de convencerte, enhebrando razones encantadoras, tratando de llegar mar adentro en tu deseo.

 La luz roja de afuera parecía un faro, intermitente, punzante, atrayendo amantes como polillas en la noche. Nuestro último encuentro, hace ya tres años, me baila vivo en la memoria y es el que me trae hasta este lugar. 

 Y ahora, a pesar del dolor, aquí me tienes siguiendo tu triste ejemplo de barata y venenosa coquetería... y mientras voy luchando por no paralizarme ante la niebla del momento, me recuerdo que el orgullo pesa menos que el futuro. 

 El telón de la noche caía pesado, quitándome segundo a segundo el recelo. Este instante y los que vienen, no se tratan más de ti que de mí. Un aroma dulce como el perfume que siempre usabas, me inunda de recuerdos sobre como odié aquella vez que tu sonrisa amplia, y tu falda tan corta, te hicieron volar y posarte allá donde el capricho y la soberbia te habían hecho nido… y aquí vas conmigo.

 Agarro fuerte el volante del auto, fingiendo calma voy mirando hacia el asiento del lado; veo a tu fantasma sonriendo, mientras revisa su teléfono celular y me pregunta si habíamos llegado al motel de nuestro pasado. Y tú ahí, presente y ausente, te desperezas y sonríes.

 La cabaña era cálida y con música para olvidar. El piso ahora lleno de ropa de mujer, me hace pensar lo fácil que es jurar amor sobre una cama blanda, y lo lindas que son esas palabras baratas, esas que salen caras dependiendo de quién te las regale. 

 Otra vez sigo tu ejemplo y escondo el corazón bajo la cama. Hago lo que debo hacer, a fuerza de besos que salen a la fuerza, voy vengándome de ti sin que lo sepas.

 Esta noche, mi honor dañado, ya sea real o imaginariamente, es el que me da las fuerzas para continuar. Te perdoné y estoy medianamente en paz. Te quiero como se quiere lo distante, en silencio y de lejos. Ha sido una de las mejores noches de mi vida. Una noche con sabor a siempre. 

 Esta noche acabo de acostarme con otra en tu honor. 






jueves, 5 de noviembre de 2015

VINISTE

VINISTE


 Todos hablaban entre ellos, casi sin prestarme atención, y allí, por grupos, se dedicaban a quemar los recuerdos en cigarrillos y palabras que no valían mucho mas que el aire del que estaban hechas. Yo mismo era un cliché. Medio triste, pensativo y mirando distante. Mi única distracción era ir viendo quienes llegaban y recibir sus saludos por compromiso.

 Allá, en una esquina, estaba un amigo al que no veía hace años; reía con su ritmo suave y melódico junto a un profesor que tuve en la universidad. En la esquina contraria, escondidos del mundo y anclados al pasado, estaban mi hermano y su novia.

  Se habían reunido aquí por mi, y era yo quien menos importaba. De todas maneras verlos juntos me alegraba el día.

 Me quedé un rato meditando, absorbiendo hasta la última gota de cada momento. Deseando con toda el alma que llegara sólo una persona más.

 Ella era un resumen de todos mis amores perdidos. Su recuerdo vagaba por mi mente hecha pedazos, como un fantasma descolorido y risueño. Me faltaba aquella mujer que me había hecho vivir un amor de cuento, y que de mala manera me enseñó que estos amores no sobreviven en el mundo real.

 La puerta se abrió una vez mas. Su pelo largo enmarcaba una mirada húmeda de culpa. Viniste, me dije a mi mismo. Viniste a pesar de todo. A pesar de todos. Viniste a verme como siempre, como antes, como cuando solía escaparme para que me buscaras. Como cuando solía tentarte para tenerte.

  Ella era el pasado que tuve y el futuro que siempre quise. Ella era el eco disperso de un montón de recuerdos y aventuras, de charlas y confianza, de amistad y peleas.

  Viniste a verme. Hoy no tengo una cerveza fría en el refrigerador, ni un beso en mis labios.

  Se me acerca, me trae flores. Su voz quebrada se pega en la madera. No puedo sentir su perfume.

  Ella llora y me recuerda. El vidrio impide que me despida con un beso.

  Viniste. Estoy en paz. Ya pueden sepultarme.






sábado, 26 de septiembre de 2015

FUTURO PRESENTE 7- UN NÁUFRAGO


UN NÁUFRAGO

 Lo encontramos flotando en una cápsula de escape, en una de las órbitas altas de Urano. Quizá llevaba unos 200 años a la deriva; un viajero preso en un pequeño mundo de aluminio y titanio solitario, muerto entre gritos de amor y llanto. Un cadáver flotando en el silencio.

 Tenía consigo una libreta. Esto es lo que decía:

“Lamento no poder cumplir mi última promesa. Moriré aquí arriba, o abajo, no distingo. Hoy debía casarme contigo pero moriré pronto. Lo siento. Tú y yo sabemos que en este instante estamos juntos de la mano, aunque nadie mas lo sepa.

 Te escribo entre las estrellas un adiós y cuando las mires me leerás aunque no quieras.”

   Aquel hombre llevó el amor hasta un sector del universo que no lo conocía. Un náufrago, que en el oscuro mar sideral de tristezas, ahogó su pena entre pedazos de luz de estrellas. Murió su ternura orbitando un amor desolado.  

 El amor es mas hermoso cuando se anhela.

 Nadie ama tanto, como aquel que ama aquello que le han robado.







FUTURO PRESENTE 6- DE LA LUNA A LA TIERRA


DE LA LUNA A LA TIERRA


 Habían ido a buscar Helio 3, y de paso a amarse un rato, durante una larga noche, como esas noches del espacio. El extractor estaba instalado y las máquinas harían el resto. Esos pequeños colosos metálicos, incansables en su labor, perforaban la superficie de la luna, ignorando calor y frío.

 Nadie iba a creer que fuera cierto, nadie aunque lo viera. Lo cierto era que se amaban y veían el uno en el otro la belleza de un planeta desconocido. Una ternura gravitacional los atraía a una colisión inevitable. Una unión casi cósmica, divina, luchando por hacerse real a la fuerza.

 No eran más que otro Pigmalión y Galatea, que allá lejos, entre estrellas fugaces, tenían un amor flotando en lo infinito. Un amor, el primero entre un humano y una cyborg; un amor que medía lo que había de la luna a la Tierra. Ida y vuelta. Miles de veces.

 No estaban en la Tierra.

 No tenían por qué seguir sus reglas.












lunes, 21 de septiembre de 2015

EL PLACER DE LLORAR


 Después de llorar las penas nos damos cuenta de cuanto valemos, de lo que necesitamos y de lo bueno que está por venir.
 No quise especificar un género para que se aplique a cualquier lector.


EL PLACER DE LLORAR


 Se le caían las penas desde el mar colgado de sus ojos, cada tarde y sobre todo en las fechas importantes. Un llanto cincuenta y cincuenta de rabia y pena, una condena voluntaria, una purga desesperada de los malos días.

 Con meticulosidad de relojero, iba seleccionando entre los recuerdos, dando prioridad a aquellos que llevaba clavados con mas fuerza en aquella ruina golpeada que le latía de mala gana en el pecho, y con la esperanza de no seguirse maltratando, prefería echarlos fuera, ahogados, reducidos a nada mas que un llanto de una hora, siete veces por semana, durante un par de años.

 Tanta era la pena, que le hacía llegar la noche a las escasas sonrisas que era capaz de dar. Tan grande que constantemente le pedía que lo llevara hasta el fin del mundo.

 Así se le fueron los minutos de arena y se le deshojaron los meses del calendario.

 Le había tomado cariño a sus sesiones de desahogo. Llorar le daba el placer de marchitar todo el odio y el miedo, propios de una bestia herida, ayudando a cicatrizarle el alma. De tanto sangrar su pena por los ojos, un día, sin notarlo, empezaron a cerrarse las heridas. Se dio cuenta que dentro de sí, tenía el alma y los huesos de un viejo bardo.

  Se dio cuenta que para viajar, había que tener el alma limpia y liviana, los sueños intactos, y un mundo juguetón y risueño en los bolsillos. Se dio  cuenta que empezaba una nueva historia y lo bueno estaba por venir.


  Desde sus ojos había llovido tanto en su jardín… Tanto , que ahora sólo tocaba esperar las flores. 






martes, 15 de septiembre de 2015

SE OYEN HISTORIAS DE AMOR




Hace un tiempo que tenía ganas de experimentar con el realismo mágico, así que tomé la idea de un tarotista que vi en la calle una de las veces que me toca viajar por trabajo, eso sumado a una foto que vi en Tumblr tiempo atrás. Uní ambas cosas con un poco de mis vivencias y nació esta breve historia.





SE OYEN HISTORIAS DE AMOR





 Fue durante una de mis muchas caminatas por la tarde, en las que trataba de escapar de los recuerdos que me pisaban los talones, cuando lo vi, sentado en un cajón de madera, mirando todo cuanto pasaba alrededor, con ojos brillosos, casi en éxtasis mientras tarareaba una canción a medias, en un idioma que hacía sonar la melodía como una pregunta recitada al sol de aquella tarde. Todavía lo mantengo de forma clara en mi memoria. No era particularmente desagradable su vestimenta, más bien, su porte era casi el de un rey venido a menos, y allí, entronizado en un cajón de madera, tomaba por reino completo la plaza y las palomas que jugaban a volar siguiendo las bolsas de nylon, o las notas furtivas que escapan al aire desde su boca.

 No se veía en él más de lo que era o aparentaba ser. Más que un simple mendigo, menos que un príncipe sin corona; sólo un buhonero con un abrigo gris, raído y desgastado, mal afeitado y con varios anillos de fantasía en sus dedos.

  No era tanto su apariencia lo extraño, y si bien, desentonaba su atuendo estrafalario con todo cuanto pudiera haber cerca, lo realmente extraño era el cartel que tenía a sus pies. Leer ese cartel fue la tentación de revivir un recuerdo particular. En el cartel decía “se oyen historias de amor”. Lo anunciaba como quien anuncia una mercancía de pueblo en pueblo.

  La curiosidad me hizo querer saber de que se trataba el asunto, y fue entonces que el frenesí de su mirada y su canción, me hicieron saber que iba a pasar algo distinto a lo que pasa todas las tardes.

  En sus ojos descubrí de pronto una mirada que me desafiaba a continuar, y una sonrisa que me impacientaba. Frente a él había una silla (a todas luces mas cómoda que su cajón), y fue cuando este personaje me invita a tomar asiento, el instante en que vuelve a iniciar una historia que había comenzado tres años atrás.

  No sabía bien que hacía allí ni cómo empezar, sea lo que fuere que debía hacer, pero en ese instante en que la duda me dominaba, una voz firme y profunda cruza la distancia entre nosotros, llegando cálida y tranquilizante como una melodía de piano.

-Me dedico a escuchar historias, mi amigo, principalmente las de amor. Por unos minutos de su tiempo, puedo darle unos minutos del mío, y ayudarlo, si usted quiere, a desahogarse.

 Hice el amago de una pregunta que se evaporó antes de llegar a la punta de la lengua.

-Oh, no se preocupe por el pago, su historia son mis honorarios. De su historia sólo me llevo aquellos trozos que a usted  le pesan. Suena extraño, lo sé, pero no dudará de la calidad de mis servicios.

 Lo decía con una convicción casi teatral, que impidió cualquier negativa de mi parte. Jamás había hablado mis problemas con un extraño, y menos aún, con uno tan extraño como este, y que, sin embargo, era casi la personificación del alivio que encontramos por casualidad.

 -Mi historia -le dije- no es distinta a otras historias. Un amor que se me escapó de entre los dedos, y que ajeno a toda razón, fue a posarse al primer lugar en que los vientos del capricho pudieron llevarla. Ella me volvió loco desde el primer hasta el último día… primero loco de amor y luego de dolor. Después de perderla, casi me pierdo a mi mismo al convertirme en alguien que no era. Buscándola a ella, sólo terminé encontrando aire… claro, sabía que buscaba donde no había nada… si buscamos el cariño en la basura, sólo encontramos basura.

  Le conté mi historia, o al menos una muy parecida, medio real y medio inventada aunque basada enormemente en mis vivencias. Era mi historia a través de mis propios ojos. Resumí nuestros mejores años a unos quince minutos y fracción.

-Oh amigo, ¿por qué se ensombrece tu mirada al contemplar un recuerdo tan feliz?… Es verdad que aquellas historias semejantes a cuentos de hadas, no sobreviven demasiado tiempo en el mundo real… pero también debes saberlo, lograr ser el protagonista de una de esas historias ya es un milagro.

-¿Qué puedo hacer ahora que el futuro que siempre quise es mi pasado? Ella es ahora un dibujo borroso, un montón de recuerdos difusos, de chistes, aventuras y charlas sin terminar…

 Recordar me causaba daño, y aunque habían pasado unos años ya, era inevitable. Habían cosas que no importa el tiempo, siguen doliendo. Heridas crónicas que matan de a poco, una soga hecha con retazos de recuerdos, con la que se nos ahorca el alma los sábados por la tarde.

-Hay personas que vienen y van de nuestras vidas. Unas se quedan y hacen nido, pero emprenden el vuelo sin avisar. Se van dejando su fantasma y su perfume… se marchan y te dejan el dolor guardado allí en un álbum de fotos.

  Era verdad lo que decía aquel hombre. Llevaba yo un pequeño secreto inconfesable, cuadrado y medio descolorido en mi billetera. Una espina en forma de fotografía, que me clavaba a veces por necesidad, necedad o gusto.

  El milagro estaba ocurriendo. Su ropa se veía más clara y nueva. Su barba había emparejado y tornado mas clara al tiempo que sonreía como un padre satisfecho.

-El amor -me dijo con un tono casi pedagógico- cuando llega, trae sueños nuevos... pero sabed amigo mío, que cuando se va, no necesariamente se los lleva. Dos almas que se dejaron huella, dejan su estela allá donde anduvieron, y si bien puedes elegir cortarte con los pedazos de un sueño roto, yo te insto, te invito a forjar los pedazos y convertirlos en un sueño nuevo… vivir o no en el pasado es sólo una cuestión de actitud.

  Su abrigo se volvía cada vez mas claro y ligero, al tiempo que su barba se tornaba blanca y un poco mas larga. Al hablar, mostraba un desenfado semejante a algún maestro antiguo mientras agitaba sus manos dando mas expresión a sus palabras. Sus consejos eran tesoros echados al viento que yo recogía con ansias; cada frase era un salvavidas y la invitación a infinitos comienzos desde cero.

 Yo miraba atónito hacia aquel enigma parlante, el mismo que antes se veía como la mezcla entre humildad y fantasía, ahora había cambiado su gastado abrigo por una toga de un blanco ceniza. El oyente pasivo se convirtió en un orador que al hablar agitaba su índice en lo alto, a la usanza de la antigua escuela griega. Su cajón de madera se había tornado de mármol, y un par de curiosos se habían reunido en una banca cercana. Aun así faltaba que el verdadero milagro ocurriera.

  -Omnia vincit Amor, no lo olvides –dijo como si estuviera en el foro- el amor todo lo vence, y con mas razón vence el amor propio.

  Estuve pasando por alto la necesidad del cambio, ignorando la esencia del presente. Ella fue una novela que escribí un día en un pedazo de tiempo. Una novela que me aprendí de memoria y que ya no era necesario volver a leer.

  Me sentí liviano. Ya no llevaba un mundo hecho pedazos en la espalda. Aquel Sócrates improvisado me extiende su mano.

 -Ahora es cuando el milagro está hecho. Alea jacta est… y recuerda que todo es una posibilidad mientras el dado se mantenga en el aire.

 Quise darle mis últimos cigarrillos pero los rechazó. A cambio me pidió volver algún otro día para charlar.

-Muchas gracias.

-No, gracias a ti. El hombre sólo aprende mientras enseña y hoy ambos aprendimos.

  Una señora muy bien vestida es quien toma mi lugar esta vez. De unos cincuenta y algo, se veía como el arquetipo de las mujeres que uno puede esperar encontrar en la ópera un viernes por la noche en algún barrio histórico. Vaya, quizá hoy era el día de los personajes extravagantes, pensaba con una sonrisa mientras caminaba de vuelta a mi vida.

 Quise fumar, pero no traía encendedor, así que caminé hasta el bazar de la esquina a comprar uno. Lo que vi me dejó sin habla. Mi reflejo en la vitrina era mucho mas joven de como me veía en la mañana. Aunque esa figura respondía exacta a mis movimientos, en esa visión me reconocía como una versión de mi mismo pero con unos diez años menos.

  Tal prodigio me dejó asombrado. El milagro había ocurrido cinco minutos antes y sólo ahora podía notarlo.

 Caminé de vuelta a la plaza, ahora yo sería un espectador y vería paso a paso como el milagro ocurría.

 A medida que hablaban, las ropas de aquella mujer se iban tornando cada vez mas sencillas y ella cada vez mas joven. Aquel sabio griego cambiaba su toga por una coraza, su atuendo socrático se cambiaba por la apariencia de un Quijote de brillante armadura. La mujer se sonrojaba al hablar y a medida que avanzaban sus palabras una niña empezaba a aparecer a su lado.

 Pasó lo mismo, pero de distinta forma. Todas las historias se tratan de amor, pero no todas son del mismo tipo. Esa tarde cada quien dejó lo que debía dejar y se marchó con lo que necesitaba.

 Ambas se van de la mano, y ella, mucho más joven y sencilla, se marcha con una pequeñita que le pide un globo antes de volver a casa. Yo me marchaba satisfecho, más joven y con ganas de empezar de nuevo y cuantas veces fuera necesario.



  Ya no era un letrero escrito a las apuradas. Ahora había a su lado un latón dorado, que con letras rojas decía: “se oyen historias de amor”.







sábado, 29 de agosto de 2015

TITÁN




  Esta historia está basada en un sueño que tuve una noche.



TITÁN


  Flotaba en el vacío, brillando majestuosa, plateada, parpadeando en algunos puntos con sus balizas de rojo y verde mientras seguía su lento y arrogante avance hacia los bordes externos de los dominios del homo sapiens. Todo en pos de la búsqueda de nuevos recursos minerales, para saciar el hambre humana y continua de materiales con los cuales hacer y deshacer copias burdas de la creación, parodias del edén, utopías de acero y plástico.


 La humanidad había avanzado tanto y retrocedido aun más, hasta un punto en que se consideraba antinatural no tener el afán expansionista propio de una enfermedad. Llegado a este estado, el hombre no era más que otra plaga bíblica; se había reducido, sin duda, a ser la peor de todas. No podía esperarse el respeto, ni por ellos mismos o por el universo. Todo lo que antes había sido sagrado, se pasaba ahora por alto mientras se buscaba completar una causa más ambiciosa: la expansión. Un comportamiento comparable al de bacterias en una probeta, siempre fieles a su naturaleza humana, demasiado humana.

 Aquella colmena terrestre se hallaba en curso hacia Titán, en búsqueda de su preciado tesoro; un océano de metano líquido, con miles de metros cúbicos escondidos bajo una imponente coraza de hielos, más antiguos que cualquier dios imaginado por el hombre. Esto les permitiría generar la energía suficiente para alcanzar Plutón antes que Los Jovianos (la colonia que se encontraba orbitando las lunas de Júpiter), y aunque la magnetósfera de Saturno los había provisto de la energía necesaria para sus expediciones durante ciento cinco años sin problemas, al ritmo actual habría que esperar otro siglo. No podían darse ese lujo.

 Mijail era un especialista de misión; esta era una ocupación de relativo status dentro de la “Ledokol”, una gigantesca nave industrial perteneciente a la federación rusa, propiedad de accionistas mineros en su mayoría, que veían los hielos eternos de las tierras entre las estrellas como una nueva Siberia, o como la llamaban ellos, “La tundra prometida”.

 La “Ledokol” era una nave rompehielos, donde a bordo la mayoría de su tripulación eran mineros de ese material, cosmonautas dedicados a la obtención de agua proveniente de los imponentes bloques de hielo (usados para consumo y generación de hidrógeno), que giraban en los anillos de Saturno. Además existían  exogeólogos, especialistas y técnicos de misión, quienes eran los encargados de tareas, que iban desde perforar y minar superficies de asteroides, o poner cargas de suministros en órbitas bajas, para ser recogidas por drones de transporte, y enviados a las faenas mineras en los enjambres de asteroides.

 Nadezhda era hermosa, esbelta y rubia, dueña de unos ojos azul profundo, el color con el que imaginaba, debía verse el planeta Tierra desde las pantallas del observatorio.

 Parecía una figura de porcelana, una atleta olímpica de las antiguas glorias deportivas de una madre Rusia, ubicada en  una roca olvidada allá lejos, tras el cinturón de asteroides y las primeras colonias ya abandonadas. Era altanera y sensual, con una expresión de seguridad casi invasiva.

 Tenía una relación con Mijail desde hacía casi tres años, si acaso podía llamarse relación a ir y volver cuando le venía la gana. Aun así, le llamaba cariñosamente “Misha”, por su diminutivo. Siempre le llamaba de ese modo, ya fuera a diario, en privado o en el trabajo.

 “Nadya” (que así le llamaba Misha), era una brillante exogeóloga, que gustaba de coleccionar rocas y minerales, que Misha le traía a escondidas entre los bolsillos de su traje espacial. Cada piedra era canjeada por un beso, una cena juntos, y quizás alguna otra cosa que le diera a Misha, una sensación de pertenencia o aceptación de parte suya. Últimamente las cosas habían ido mal entre ellos.

 Nadya se sabía hermosa, y aunque Misha era joven y apuesto, ella se estaba aburriendo. Ella era hermosa, pero sólo por fuera. Dejaron de besarse como antes, al punto que llegaron a abandonarlo casi por completo.

 Otra vez como tantas otras veces, Nadya se iba, volvía y lo dejaba cuando quería. Misha ya no distinguía el amor del desprecio, y ella nunca había sabido la diferencia. Sólo existían sus intereses y  caprichos. Misha era sólo un complemento descartable; alguien que sólo empezaba a existir en la medida que le trajera rocas, y su tiempo de existencia duraba lo que la atención de Nadya en su regalo.

 El rompehielos se encontraba ya, a la distancia suficiente para enviar un vuelo tripulado, con un especialista de misión en una sonda de medio alcance; la misión era simple, ir y perforar en un punto, donde un dron había detectado hielos débiles, con un espesor ínfimo en comparación al escudo helado de los alrededores. Eran sólo ciento cuarenta y tres metros que la cortadora de plasma tenía que perforar, para luego depositar un scanner submarino en aquél abismo de metano y roca; debía analizar posibles fisuras y cavernas que debilitaran la superficie. Había que examinar el terreno para saber si se podía establecer una torre de extracción.  

 Misha sintió que era el indicado para la misión, ya que podría traer alguna roca de Titán, y aprovechar la oportunidad de hablar de matrimonio. Él la amaba mucho, quizá demasiado, aun a sabiendas que Nadya se amaba a si misma, casi tanto como a su trabajo, y a las malditas piedras que él le llevaba.

 Se presentó como voluntario junto con otros once especialistas mineros, y aunque inicialmente iba a ser un equipo de tres personas, se decidió que el operador de la perforadora iba a pilotar; Un técnico de montajes no era necesario, ya que se desconocían las condiciones del terreno.

 Nadya, con sus influencias le consiguió el trabajo, y si acaso era esta una señal, no lo sabía; quizá quería ayudarle, quizá sólo quería otra roca en la repisa sobre la cama que a veces compartían.

 Un día antes del despegue, como casi cada tarde de las últimas semanas después del trabajo, se fueron por un café a una de las cubiertas inferiores de estribor, donde podía verse Saturno y sus tonalidades ocres como en una pantalla de cine, a través de las doce mil placas de cristal blindado. El café lo tomaban dulce y cargado, como un romance juvenil; casi podría jurarse que nunca hubo otra cosa más que amor entre ellos. Misha le toma la mano y Nadya se sonroja, baja la vista y apura un sorbo de su taza.

 -Lo siento, tengo que irme. Por favor no vayas a mi departamento esta noche.

 Misha se bebió su taza en tres sorbos, uno por cada palabrota que quiso gritar.

 -Y me imagino que no me darás alguna explicación del porqué.

 -No tengo la obligación de darte explicaciones.
 Nadya se levantó, dejando a Misha con sus dudas, la cuenta por pagar y Saturno con sus anillos de fondo en la ventana.

 -Yo, para ella no soy su amor, apenas soy su “a veces”… y últimamente eso casi nunca.- Se decía Misha mentalmente.

 Al día siguiente todo estaba dispuesto. Las maquinarias estaban en línea, cargadas y listas para el despegue. El día de Misha había comenzado varias horas antes, parte por el insomnio y parte por los exámenes de rutina antes del despegue. Esa mañana, Nadya era una intrusa en su mente, algo más espesa que un mal sueño escurriendo en su memoria, mientras se va percatando de la realidad, al tiempo que el ingeniero le explica el manejo del equipo de perforación.

 El fuselaje de la nave era de formas curvas y suaves, de un blanco impecable, con un leve toque fosforescente que se dejaba notar bajo las luces de la bahía de lanzamiento. Tenía el logo de una bandera rusa pintada en el costado izquierdo, y bajo ella habían cuatro círculos; el primero representaba al sol, y los siguientes a los primeros tres planetas. La parte baja de la cabina, estaba recubierta de una loseta negra hecha de carbono reforzado, y bajo esta, había una escritura en relieve, con su número de identificación y nombre de la colonia de origen.

 -Mijail, supongo que tienes claro tu propósito. Recuerda que tienes un tiempo límite para montar esta cosa- le decía el ingeniero en un tono que sonaba como una llamada de atención, mientras señalaba la compuerta de carga situada en la parte posterior, entre los cuatro motores de la máquina.

 -No te preocupes, he hecho esto varias veces para extraer hierro de los asteroides. No tengo pensado demorar el día entero.

 -Si no hay inconvenientes, deberías estar de vuelta para la hora de cenar. Sólo son dos horas de vuelo más tres de perforación; sólo son ciento cuarenta y tres metros, y esta preciosura corta a casi cinco mil grados Celcius.

 Nadya apareció para despedir a Misha. Él la mira y sonríe. El momento habría sido agradable si ella no hubiera aparecido así, tan desconectada y distante, con un beso de mentira y palabras que no eran mejor que el viento helado y tóxico de Titán.

 Misha se acercó para besarla antes de subir, sin embargo, terminó como siempre, buscando amor en la nada, tirando cariño en un vacío tan hondo, amplio y frio como el mismo espacio que se disponía a recorrer.

 Las balizas cambian su luz de rojo a un amarillo intermitente, fijas en las paredes marcan el trayecto desde la lanzadera electromagnética hacía la compuerta. La nave está fija en la plataforma, mientras esta se extiende fuera de la cubierta del rompehielos para ser lanzada. Misha revisa sus instrumentos, esperando la luz verde definitiva para el despegue. Se asegura el casco y su respirador; llevaba aire suficiente para ir y volver además de raciones de comida.

 -Ekskavator a Ledokol kontrol. ¿Me copia? Solicito luz verde para el despegue, según protocolo de exominería profunda.

 -Copiado. El punto Delta Juliet presenta una tormenta de nieve de reciente formación. Tendrá que entrar por Delta Lima a cinco grados norte de la ruta original. Puede haber pérdida de señal de radio a ratos. Ekskavator, tiene luz verde, repito, tiene luz verde.

 -Roger.

 El recuerdo de Nadya le punza las sienes. Sabía que estaba idealizando una relación, que no era más que un lento descenso a la locura, pero eso no le importaba. Quería sentir que podía hacer algo hermoso con ese fragmento de luz de estrellas dentro de su querida Nadezhda. Iba a dar hasta su último aliento para ver sus ojos azules abrirse cada mañana en su cama. Después de todo, era como muchas otras veces, y ella cambiaría su cara cuando llegara con otra roca para la colección. Misha le llevaría un planeta entero, pedazo a pedazo con tal de seguir sintiendo sus besos en la espalda.

 Poco menos de dos horas pasaron antes de un descenso exitoso; él se sabía los controles de memoria, y mientras admiraba el paisaje, buscaba aquel punto donde el hielo era menos denso.

 Había llegado en la fase lunar que correspondía a la noche, un fenómeno muy pocas veces visto por los tripulantes de cualquier navío cósmico, y era aún más particular ya que empezaría a llover. Misha sabía que el metano en Titán sigue un ciclo casi idéntico al del agua, sin embargo jamás había visto la lluvia.

 Minutos después de posarse, abandona el módulo y despliega la consola portátil de manejo de la perforadora. La compuerta de carga entre los motores de la nave se abre, y una plataforma minera, básicamente un cilindro con ruedas, se dirige al punto señalado en la consola adosada a su antebrazo izquierdo. Todo iba según lo planeado, ya que el hielo cedía ante el plasma, mientras este dibujaba un círculo perfecto de diez metros de diámetro con su brazo articulado. Un pulso de energía dado por la misma máquina tritura el tapón helado, dejando el espacio libre para que la segunda máquina deposite el submarino.

 Misha no había podido despegarse del lado de aquellas bestias mecánicas, ni siquiera para admirar el paisaje. La microgravedad lo tenía un poco incómodo, ya que prefería trabajar con gravedad cero; el viento helado que corría no le afectaba demasiado, le favorecía el estar rodeado por dunas de tierra y hielo.

 La nostalgia le hizo desplegar un holograma de Nadya, que había tomado una de las raras ocasiones en las que existía para ella sin rocas de por medio.

 No había tenido ocasión de mirar al suelo en busca de algo que valiera la pena llevar; ni siquiera había tenido tiempo de comer o cargar gas en los propulsores de la mochila de su traje. Por más que miraba a su alrededor no veía otra cosa sino hielo y rocas comunes; si quería algo bueno, tendría que alejarse un poco de la zona de trabajo. Decidió hacerlo, no sin antes extender un faro de luces de neón desde el brazo de la perforadora, ya que, de esa manera podría orientarse en aquel crepúsculo helado.

 Las dunas sólo le dejaban ver hacia el norte de su posición, y debía medirse en cada paso que daba. Las nubes empezaban a cerrarse al tiempo que ocultaban la visión de Saturno y las estrellas sobre él, dejando caer las primeras gotas espesas de metano líquido sobre la superficie.

 Sólo la tentación de una caricia le haría abandonar la seguridad de sus labores, cruzar aquella línea atravesando un sendero de infierno helado, para volver con un pedazo mineral, precio de un cariño, un café por la tarde y un beso de buenas noches.

 Apagó el holograma y se dispuso a escudriñar el horizonte con el visor binocular de su casco. Con esto, a lo lejos descubre unas tonalidades azules.

 Misha enciende la válvula de su mochila, y esta le permite dar un salto de proporciones colosales hacía adelante y arriba, pudiendo ver mejor de que se trataba su hallazgo. El color azul correspondía a miles de piedras de cobalto, rocas dispuestas de un modo tal, que parecían un campo de flores azules, brillando húmedas por la lluvia tóxica que había empezado a caer desde hacía un rato.

 El viento había desplazado con rapidez aquellas nubes colosales, sin mucha resistencia majestuosidad, las fue arrastrando mientras jugaba con sus formas. Jamás llegó a ser una lluvia torrencial, y ahora no era más que una leve llovizna de metano líquido. Las cosas marchaban mejor que bien.
 Misha se devuelve hasta la sonda y extiende un radio faro luminoso; un globo brillante relleno de helio y cubierto de una luz que alternaba los colores verde limón y naranja, esto para resaltar a la distancia, ya fuera entre el polvo estelar o el negro vacío del espacio.

 El faro estaba unido por un cable de acero a la perforadora. Se elevaba buscando tocar el firmamento, mientras el viento se hacía notar en el movimiento oscilante del globo. Calculaba que podría cruzar el terreno con tres saltos, y que todo el proceso le tomaría como máximo cuarenta minutos.

 Saltando evitaría el terreno peligroso, y tendría una vista general del lugar para trazar una ruta segura. Esto había sido parte de su entrenamiento básico y lo sabía de memoria. Se aleja caminando hasta una zona estable mientras se maravilla del paisaje, podría  decirse que aquellas montañas, habían sido hechas a mano por alguna inteligencia talentosa en el uso del cincel y martillo.

 El paisaje, aunque era de noche, se veía maravilloso; un tenue crepúsculo era proporcionado por el planeta dueño de aquella joya de hielo. Fragmentos de los gigantescos anillos pasaban por sobre su cabeza, flotando majestuosos a miles de kilómetros sobre Titán. 

 Se dispone a saltar; primero arroja una bengala, y cuando el magnesio hubo generado ese pequeño mediodía artificial, hizo flexión en sus rodillas, abriendo la válvula de salto situada en su cadera derecha, dando un salto enorme en dirección a las rocas azules, casi del mismo modo que había saltado hacia los ojos de aquella esbelta muñeca rusa años atrás.

 Fue un salto seguido de un segundo, sin embargo, fue necesario hasta un cuarto salto. El cielo comenzaba a cerrarse nuevamente y la consola de su brazo izquierdo le avisaba que empezaría a llover dentro de poco. Debía apresurarse; tendría que saltar por quinta vez si quería ir y volver en menos tiempo.

 Su cuarto salto le había hecho quedar casi a doscientos metros del lugar. La idea de Misha era caminarlos, desgraciadamente, las nubes empezaban a cerrarse, ocultando aquella segunda vía láctea formada por las rocas de los anillos. Al fin llegó hasta el campo de minerales, y junto con él, las primeras espesas gotas de metano, esta vez, la lluvia venía acompañada de nieve.

 Sentía frio; ya no estaba al amparo de las enormes dunas que formaban aquella cuenca donde se encontraba perforando. El viento le pegaba de lleno pero no importaba. La sonrisa de Nadya era realmente el tesoro que había ido a buscar, y cruzaría cualquier lluvia o terreno para conseguirla; después de todo, era el único futuro que anhelaba.

 Aquel lugar era magnifico, tenía la belleza del abandono y la desolación; habían muchas rocas de color azul, otras tornasoles, además de grises y pardas. Lo extraordinario era haber hallado rocas de un azul tan intenso, ya que el cobalto puro tiende a ser de un color grisáceo, y sin embargo, estas eran de un azul y brillo similar a una turquesa.

 A lo lejos, algo llama su atención. Era una piedra similar a una gema. Brillante y casi pulida, como si un artesano de las estrellas la hubiera lapidado a fuerza de las inclemencias de un mundo perdido, dejándola allí reposando, para ser encontrada eones después, por una criatura indigna incluso de posar la vista en las estrellas.

 La bengala se había apagado hacía un par de minutos y Misha se iluminaba con los focos de su traje espacial, situados en sus hombros y casco. Era él un punto de luz blanca en medio de una creciente mezcla de lluvia y nieve, que le hacía difícil iluminar debido a la refracción de la luz en los cristales de hielo.

 Por suerte, en ningún momento había perdido de vista el parpadeante faro. Una alerta de voz corta el silencio de aquella noche, y le indica que la sonda había sido depositada con éxito en aquel tesoro de miles de metros cúbicos de líquido tóxico pero necesario. 

 La nieve le obstruye la visión; Misha se la sacude del visor de su casco cuantas veces es necesario. Con pasos difíciles logra llegar hasta la piedra, la recoge y maravillado la admira. Era justo como lo que había imaginado llevarle a Nadya. Un regalo hecho por un artesano estelar, el mismo que había hecho los planetas, las estrellas y todo el universo.

 Levanta la vista buscando el faro, contento, satisfecho de haber pasado frio y llevar ese pequeño tesoro mineral, ese que sin duda sería el favorito de su colección. A treinta y cinco grados de su posición lo divisa. La nevada era copiosa y sentía frio a pesar de las capas aislantes de su traje.

 Cuando se dispone a trazar la ruta de salto, advierte que de hacerlo desde su punto actual, caería en una zona de hielos inestables. Podría caer en alguna caverna o fisura en aquellos hielos eternos, y lo peor, sin ninguna posibilidad de rescate. Las únicas opciones eran avanzar casi setenta metros, o retroceder en dirección sureste veinte metros y saltar desde ahí. Misha se decide por lo segundo y se dirige al punto señalado en su GPS.

 Su punto de salto era sobre una roca de metro y medio de altura, totalmente lisa, aunque cubierta de nieve. Se asegura que su tesoro está a salvo dentro de un compartimento de su cinturón de herramientas, y se dispone a saltar cuando una ráfaga de viento lo hace caer de espaldas.

 Burla del destino. Justo al terminar debía pasar algo. Misha cayó mas de ochenta metros, y aunque la baja gravedad hizo que prácticamente no sufriera daño alguno, era la altura a recuperar y el clima lo que realmente le preocupaba.

 Podía saltar un máximo de cincuenta metros de altura, aunque con ese viento, no era seguro saltar ni a diez. Sus instrumentos le arrojaban señales de alarma a cada instante, y aunque se vio tentado a hacerlo, desistió de enviar una señal de auxilio a la sonda para su retransmisión a la nave, ya que, lo más probable sería su expulsión de los cuerpos de extracción, por hacer mal uso de los instrumentos, y poner en riesgo una misión abandonando las maquinarias. Además ya había librado de situaciones parecidas anteriormente, aunque no tan serias.

 La única solución era saltar lo más alto posible y escalar de algún modo; tendría que forzar la válvula, buscar un punto elevado y lograr un salto de unos sesenta metros, siendo esa la capacidad máxima de salto, para ese equipo en caso de emergencia; tal maniobra se usaba en algunos asteroides, en los que, al quedar atrapado, el cosmonauta liberaba gas mezclado con oxígeno a alta presión, para ponerse en una órbita baja y ser rescatado por una sonda. La diferencia era que en Titán no hay gravedad cero, y además caía nieve. Sólo tendría que añadir más oxígeno para compensar, y en eso no había problema, ya que su tanque almacenaba el suficiente para diez horas y además reciclaba el aire. Sabía que de asfixia no iba a morir. 

 No había una roca lo suficientemente alta para saltar desde allí y asegurar un par de metros, por lo que retrocedió y tomó carrera por unos eternos veinte metros, antes de liberar la presión acumulada en su tanque auxiliar para salto de emergencia. Saltó pero no logró su propósito; aquel salto terminó con Misha golpeándose contra las rocas resultando lastimado, cayendo nuevamente aunque esta vez detuvo parte de la caída con un chorro de gas.

 Una línea blanca y delgada, le cruzaba la esquina superior derecha del cristal de su casco como el anticipo del desastre. Se había trizado su visor, no sabía si al primer o segundo impacto con las rocas. La situación había adquirido otro matiz, uno más oscuro. Debido a los nervios, sentía casi el sopor de una fiebre, esa sensación de despertar de un mal sueño sin poder distinguir completamente el mundo vigil del onírico.

 La desesperación le hizo tratar de nuevo; esta vez no haría caso de la nieve y tomaría más impulso. Sabía que si su cristal se rompía, el viaje habría acabado. Esta vez, la carrera por su vida había sido de treinta metros.
 El salto había sido mucho más grande que cualquier otro que hubiera intentado antes. Semejaba a Ícaro, volando a su libertad en dirección al sol, pero era Misha volando hacia la vida, en dirección al faro.

 El majestuoso paisaje se tornó burlón e insolente, le quitaba oportunidades de sobrevivir a cada segundo, y sin embargo, consigue un salto enorme. Fue tanta la potencia de la desesperación, que se pasa de largo en la altura y cae al suelo rodando un par de metros. La delgada línea blanca de su casco se había hecho mucho más notoria.

 Misha evaluó la situación; inmerso en aquella ventisca tóxica, no podía darse el tiempo de trazar una ruta, por lo que tendría que saltar sin más. Revisa su cinturón y la piedra sigue allí todavía. Siente algo de alivio hasta que se dispone a presurizar para realizar el siguiente salto.

 Con su última caída, el tubo flexible del gas se había doblado hasta el punto de hacerse un corte. El tejido de Kevlar de que se encontraba hecho el tubo, se había partido perdiendo gas rápidamente. Apenas le quedaba lo suficiente para un salto y eso no bastaba. Un crujido le dibuja una tangente a la línea de fisura en su cristal, mientras empieza a escapar el aire de su traje presurizado.

 El frío empezaba a colarse por aquel dibujo quebrado en el visor de cristal, se colaba silencioso y prepotente, junto con el hedor tóxico del helado manto de aquella luna maldita. No era más que hielo que se colaba dentro del traje, casi como un preludio de la muerte; sólo era un frio que le abrasaba el cuerpo. Cuanto hubiera dado Misha para que ese abrazo y ese olor fueran los de Nadya.

 La nieve le obstruía la visión, formando un velo cada vez más semejante a una mortaja. El último salto fue exitoso. A fuerza de nervios y adrenalina pudo vencer los obstáculos ambientales, logrando un despegue y descenso casi perfectos, sin embargo, era el último que podía hacer. Ahora era un cosmonauta naufrago entre la borrasca de nieve y metano.

 Quedaba algo de kilómetro y medio de caminata entre aquel campo de rocas y dunas semejantes a tumbas, tenía aire suficiente para un par de horas, y aunque jamás perdió de vista el faro, esa caminata no tenía otro destino sino el infinito abrazo de un infierno crepuscular.
 
 No había remedio. Misha se decidió a caminar en la medida que lo permitieran sus fuerzas, aun sabiendo que habían grietas más adelante. El frio se colaba agresivo por su casco, quemándole la nariz y la garganta, volviéndole un poco más torpe a cada segundo.

 Aun con la mirada triste, llevaba el corazón alegre y resignado mientras se repetía palabras de ánimo a cada instante.

 Con los pasos torpes y cansados cayó en una grieta, y aunque no era tan profunda, Misha ya no tenía fuerzas para escalar hasta la superficie. De tanto aferrarse a la vida y al recuerdo de Nadya, se habían agotado sus brazos y el sueño comenzaba a vencerlo. 

 Con la poca motricidad fina que le quedaba, envió una señal de auxilio desde su consola y desplegó por última vez el holograma con la imagen de su amada. Si iba a ser este el fin, no se resignaba a partir sin ver por última vez a la chica de ojos azul cobalto de Titán.

 Una frase tan leve como un suspiro cortó el silencio, una despedida casi como un lamento brota trabajosamente de los labios de Misha con su último aliento. 

 -Dasvidania lyubimaya.

 Adiós querida. Una frase sincera para disfrazar una despedida definitiva.

 En aquella helada grieta de una luna apenas explorada, Misha abrazaba su destino, empujado hasta Titán por cuatro motores y un amor distópico había hallado su descanso. Su voz ya no sonaba más humana que el viento que soplaba en esa eterna era de hielo cósmico.

 Tal era el capricho del destino, después de todo… ¿Quién iba a pensar que el hielo en el corazón de aquella mujer, le iba a hacer morir congelado?