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viernes, 22 de abril de 2016

CORROSIVO


CORROSIVO





El agua oxida el metal.
El hombre oxida el agua.
Y el amor oxida
Al hombre corrosivo.







martes, 12 de abril de 2016

TINTA




TINTA


 Hasta hace unos días, mi vida era la de siempre, aburrida, ordinaria y sumida en la rutina de mis quehaceres como médico. Todos los días eran iguales; fluyendo uno tras otro al ritmo de una apatía atroz, hasta que la monotonía se vio quebrada cuando recibí el llamado de un amigo de años, y él, en su llamada, me pedía un poco de mi tiempo para consultar algunas cosas sobre su estado de salud.

 Sonaba algo nervioso y angustiado mientras trataba de conectar palabras casi al azar para describirme la sensación que lo invadía en ese momento. Según me contó en esos breves minutos a través del teléfono, se sentía algo extraño, eufórico, brillante, como si estuviera lleno de un fuego millones de veces más grande que el sol.

 Me comentaba además de una rara condición en sus manos, las que, de la nada y sin aviso (o síntomas de alguna enfermedad) se tornaron negras; habían adquirido una consistencia pegajosa a la vez que manaban un olor penetrante a corta distancia. Era como si su sangre se hubiera vuelto oscura de pronto, y aunque no manifestaba dolor ni malestar alguno, aquel hecho no dejaba de llamarle poderosamente la atención.

 Lo preocupante del caso era la profesión de mi amigo; en esta, sus manos desempeñaban un papel de vital importancia. Él se dedicaba a la pedagogía en literatura, encontrándose además en un punto de su carrera donde era reconocido como un escritor de creciente renombre. A pesar de su singular condición, esta no representaba impedimento alguno en sus tareas, es más, según me señaló en un llamado posterior, luego del ennegrecimiento, experimentó una especie de arrebato de inspiración inventiva, sintiéndose como si pudiera por momentos, tocar con sus oscuros dedos la esencia misma de la creatividad humana.

 Para su mala fortuna, mis deberes no me permitían partir cuando quisiese; debía cumplir con mis obligaciones hasta que pudiera hallar alguien que me reemplazara en estas, y cuando pude hacerlo, habían pasado ya cuatro días. Un viaje de medio día (en un tren tan incómodo como el viaje mismo), me lleva a la ciudad donde tenía su residencia, distante un par de cientos de kilómetros de mi modesta casa, que también uso como consulta privada.

 Una tarde fría y nublada me da la bienvenida, y tal como había imaginado, la demora de mi llegada había consumido tiempo valioso, aunque, para ser sincero, no creo haber podido ser de mucha utilidad, ya que, durante los días que estuve allí, no fui capaz de identificar aquella rara enfermedad que terminó con un desenlace tan extraño, por decirlo de algún modo.

 Cuando llegué hasta su casa, toqué la puerta con una manilla de bronce que estaba apernada en la gruesa madera, y luego de tres golpes, un rechinar de bisagras me anuncia su lenta apertura. Era mi amigo quien me recibía, con una sonrisa casi sobrenatural y la vista perdida en el vacío que reina más allá de la nada. Fui a estrechar su mano como dicta la costumbre entre caballeros; extendí mi mano al tiempo que él ocultaba la suya. Recién ahí fue cuando pude ver con mis propios ojos, como aquel color se iba apoderando incesantemente de sus manos.

 Se disculpó conmigo por su falta de cortesía, sin embargo, no me incomodó en absoluto. Me invitó a pasar a un amplio salón y mientras me disponía a tomar asiento, él se pone unos guantes de cuero color marrón y acerca una botella de whisky junto con dos vasos.

 Empezó a contarme todo nuevamente, básicamente lo mismo que me dijo días atrás en su llamada telefónica. El fenómeno era el mismo, salvo por un detalle que se había manifestado dos días antes. Desde sus manos, aquel color había empezado a gotear levemente en forma de un líquido espeso y oscuro similar a la tinta, y de no ser esto algo imposible de ver en los seres humanos, en mi calidad de médico, teniendo además los conocimientos técnicos de la composición de esta, habría jurado que esa era la sustancia que brotaba de sus manos.

 Le pasé entonces una libreta de hojas blancas que siempre traigo, y le pedí que me demostrara lo señalado; tal fue mi asombro al ver que mi amigo, sólo con el índice de su mano derecha, y excelente caligrafía, trazar su firma sobre la hoja, pudiendo además controlar con precisión el grosor del trazo, tal como si de una pluma se tratase.

 No lo hubiera creído sin verlo, menos aun de sólo haberlo escuchado, sobre todo porque había un libro escrito por él en esos dos últimos días, libro que (con trazos impecables) fue plasmado letra por letra, sin usar otra pluma y tintero más que las brindadas por sus dedos. 

 Lo leí, y quisiera nunca haberlo hecho. Bastó verlo una sola vez para saturar mi mente con visiones de lugares extraños, llenos de edificios gigantescos e invadidos de musgo, calles de superficies rugosas y ríos de un agua tan negra y espesa como la tinta que, como una tortura silenciosa teñía sus manos mientras reclamaba más superficie de su cuerpo.

 Él nunca presentó dolor, sin embargo, al cabo de mi tercer día de permanencia en su casa, empezó a manifestar un grado alarmante de paranoia. Le aconsejé desde su primera llamada que viera a un dermatólogo u otro especialista; pero luego de haber pasado ese breve tiempo observándolo, mi opinión había cambiado. Supe, luego de leer aquel horrible manuscrito, que la medicina convencional no podría salvarle, ni en cien años, o por lo menos, no podría salvarse por los medios conocidos por los humanos.

 Un párrafo de aquel libro, me llamó (demasiado, a mi pesar) la atención de un modo similar al sentimiento que despierta una partida de póker a un jugador sin remedio; en este párrafo se hacía mención a alguien (si pudiéramos llamar así a eso) que podía responder todas las preguntas, por más difíciles y extrañas que fueran. El párrafo hablaba sobre una criatura que, cito: “habla mil lenguas al mismo tiempo” y que “habita a los pies de aquel que sueña por siempre y sin morir jamás”.

 En mi calidad de hombre de ciencia, sé que no puedo dar crédito a los escritos de un hombre con síntomas de un desorden mental severo, por más sobrenatural que sea su inspiración u origen de sus textos; hacer eso sería sepultar mi credibilidad en el fango de la burla, mas no podía hacer otra cosa, ya que, también los sucesos observados por mi persona se escapaban a toda lógica, no pudiendo ser clasificados de modo alguno dentro los parámetros de la razón humana.

 Fue en mi quinto día de permanencia en aquella casa, cuando lo imposible se hizo presente de un modo casi mágico, como aquel hecho que sirve de preludio a la tragedia. Aquellas manos habían empezado un gotear mucho más espeso y oscuro, tomando además una consistencia semejante a la sangre coagulada. Su forma recordaba vagamente a la de una extremidad humana, adivinándose lo que era por el sólo hecho de estar al final de su brazo. Ya no se sentía como en los primero días; aquel frenesí creativo se había marchado, dando lugar a una angustia, sólo merecedora de aquel que estaba por tocar los límites del conocimiento humano.

 La cordura de mi amigo ya no habitaba las tierras del hombre; su mente danzaba bajo otro sol y otra luna, al ritmo de un son de flauta tocado por algún dios maligno. Hablaba en su delirio, sobre aquella ciudad que también pude ver en mis pesadillas luego de leer su libro; una urbe megalítica mucho más antigua que la primera vida formada en el planeta.

 A pesar de su condición, en esos días, él había logrado (no sé cómo o con qué ayuda), escribir otro volumen más, una continuación igual de desagradable a la hora de la lectura, y la cual, del mismo modo que la anterior, lo atrapaba a uno apelando a una narración obscenamente fantástica.

 El lento goteo desde sus dedos había cambiado su ritmo a uno más acelerado. Tomé un rollo de gasa e intenté vendar sus manos, haciendo un vano esfuerzo por detener aquel líquido que comenzaba a convertirse en pequeños chorros. Fue imposible. Se filtraba a través de las fibras tiñendo de negro el suelo al caer. Mi viejo amigo, al ver como ante su situación no podía hacer nada, cayó en un colapso nervioso, manifestado en una risa mórbida y sin descanso. Le administré una dosis de morfina, la cual, por fortuna, dio los resultados esperados.

 Durante el sexto día, la razón volvió a habitar su mente. Estaba resignado a lo inevitable, ya que durante la noche, aquella oscura viscosidad que convirtió sus manos en presa, había avanzado trepando desde sus brazos para llegar hasta su pecho, marcando cada vena en su camino y dejando una mancha negra allí donde tenía el corazón.

 Sin articular palabra alguna, me entregó ambos volúmenes escritos con la tinta de sus dedos, para luego encerrarse en su habitación.

 Pasadas unas dos horas, me pidió que llamara a su abogado y a uno de sus empleados de confianza; esto era para redactar su última voluntad, en la que me dejaba a mí como heredero de la gran parte de sus cosas, de las cuales debía hacérseme entrega pasara lo que pasara con su persona. Luego de esto, el empleado regresó con una multitud de frascos de vidrio, empaquetados en varias cajas de madera.

 Él, sin atender razones, se encerró en su habitación y desde allí, detrás de la puerta, me dio las gracias por haberme dado el tiempo de estar con él esos breves días. Me pidió que, de poder hacerlo, conservara aquellos libros, pero sin mostrarlos a nadie jamás.

 De no ser porque guardo en una repisa las pruebas que dan testimonio de estos sucesos, sería fácil hasta para el menos formal de los hombres, el tomarme por un loco, o en el mejor de los casos, por alguien extravagante, en el mal sentido de la palabra. Incluso yo mismo dudaría de lo vivido si no tuviera los libros o los frascos, ya que, al amanecer del séptimo día, cuando entré a aquel cuarto, no encontré a nadie.

 La cama estaba vacía, el piso manchado con gotas negras, los libros sobre un escritorio, y habían cientos de frascos llenos de tinta.

 Hoy vivo en aquella casa, y con el contenido de los frascos, he escrito otros dos tomos más de un contenido tan horrible que no me atrevo a mencionar.


 







miércoles, 6 de abril de 2016

UNA SIESTA POR LA TARDE



UNA SIESTA POR LA TARDE





 Dormía plácidamente su merecida siesta, reposando el hastío de un día inmenso y lleno de cosas aun sin hacer. A lo lejos, el ruido del niño de la casa anunciaba el desorden de juegos y carreras propias de sus dos años y medio.

 Eso no le importaba en lo absoluto; la prioridad era el descanso por sobre todo, y bajo ese último razonamiento fue hundiéndose en su almohada bajo el peso de sus párpados. Era una noche en miniatura, para dormirla y soñarla en mitad de la tarde.

 Entonces comenzó el viaje. Un viaje de los que nos llevan a lugares arrancados de fantasías lejanas, esas tierras donde lo onírico se llena de vida y lo absurdo cobra sentido.  Aquel reposo sublime fue a dejarlo allí, dentro de un sueño en el que era amo y señor de un castillo inmenso que colgaba al revés en el cielo.

 En ese castillo era rey y reinaba el mundo, todos los mundos, los de arriba y abajo, los de dentro y fuera. Era el supremo gobernante de tierras infinitas y mares misteriosos; un gran señor que tenía una leona ilustre por esposa.

 Un rayo de sol se colaba por la ventana, y mientras le molestaba en los ojos con la insistencia de un mosquito, lo iba sacando de su palacio, quitándole de a uno todos los reinos del mundo.

 No importaba. Apenas habían pasado diez minutos desde el inicio de su descanso. Entonces un bostezo largo lo trasladó a un teatro, y allí, viéndose bohemio y libertino, recordó un amor pasajero al ritmo de un jazz eterno que salía desde una trompeta lastimada.

 Fue cuando la vio acercándose hacia él, y juntos, montados en el sopor del vino, fueron a recorrer el mundo sobre la ciudad mientras perseguían la luna, hipnotizados, como quien busca el espejismo más grande del mundo.

 En este sueño durmió sin descanso; ambos corrían para besarse uno al otro, implacables y siempre al ritmo de una canción distante, que sólo podía oírse a medio camino del cielo y el suelo.

 Un ruido lo despierta. Ya no importa y abre un ojo satisfecho observando al pequeño, que a cada paso va descubriendo nuevos mundos repletos de colores y aventuras. Todo estaba en orden, y sin perder de vista al niño, casi sin notarlo fue a caer de golpe en una selva, y allí, convertido en el cazador más formidable, iba en busca de la presa de mayor peligrosidad.

 Su tercer sueño lo convirtió en un tigre, que rondaba furtivo entre la luna y los árboles de la India colonial. Buscaba al hombre blanco para devorarlo en castigo por matar a los suyos.

 Y mientras iba en un trote ligero, la espesura de la selva le iba regalando fragancias frutales y cantos de aves. Aunque fuera en sueños, esa vez pudo rugir, y su majestuosidad cruzó aquellas tierras llamando la atención del hombre blanco y sus armas.

 La sensación de una mano lo sobresalta, y con la infamia del ataque por la espalda, le llena el alma de burla y muerte.

 Su reino de los sueños se derrumbaba. Sus ojos se abren al tiempo que oye una voz:

—Hijo, no le tires la cola al gato.