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martes, 27 de septiembre de 2016

SIN NADA

SIN NADA




Mi ojo es peregrino en tu vientre arquitecto de una fantasía
Mía, personal, compartida a ratos por nosotros y nuestros personajes.
Somos dos lectores de cuerpos leyendo en simultáneo,
Creyentes del milagro que llena nuestras manos vacías.

Hazme el favor de no vestirte, ni ahora, ni nunca, ni en mi cabeza,
Baila, corre, levántate y anda así sin nada, que así me gusta.
Ven. Sé mi mujer y mi amante y mi amiga perversa 
Que entre tú y todas ellas, tendremos una noche perfecta.

Tu respiración nace en mi oreja y muere en la almohada
En un sepelio relajante y hermoso, íntimo de mordidas en el cuello.
Me convierto en un delicioso dolor entre tus piernas,
Y me reduzco al susurro en el pelo de una fiera recién domada. 

Quédate así como me gustas.
Cansada. Rendida.
Quédate así como me gustas.
Dormida. Cansada.
Quédate así como me gustas.
Húmeda. Sin ropa.
Quédate así como me gustas.
Sin ropa. Sin nada.





jueves, 22 de septiembre de 2016

LITERALMENTE

LITERALMENTE




Quiero, del tiempo presente nocturno
Hacerte, del verbo pervertido
Cosas textuales.

Narrarte fábulas misteriosas
Y de modo imperativo
Darte versos por el cuello.




miércoles, 21 de septiembre de 2016

UNA ROMÁNTICA AUTOPSIA

UNA ROMÁNTICA AUTOPSIA



 Su pelo fino, suave y negro como el betún y la noche, era largo hasta un poco más abajo de los hombros. Su figura, delgada y no muy alta, descansaba ahora sobre la mesa de acero del servicio médico legal, inmersa en el letargo último y mágico de su luminosa existencia humana.

 Eran ya las primeras horas de la madrugada, y me aprestaba a sacar el arsenal quirúrgico del cajón a un lado de la mesa. Es entonces cuando en su pálido rostro, aparece un leve asomo de dulzura; un guiño travieso de sus ojos fijos en la nada inmensa, y una sonrisa tenue (nada decorosa), se dibuja en un rosa blanquecino, producto del rigor mortis. De alguna manera sobrenatural, ella sabía que mi atención estaba puesta en su cuerpo, y parecía disfrutarlo, del mismo modo en que lo hacía hasta hace un par de años atrás. Era el último coqueteo que podía hacerme.

 No era la primera vez que cosas como estas ocurrían; en algunas ocasiones, otros cadáveres también presentaban conductas algo extrañas, nunca desagradables del todo, aunque a veces eran algo desafiantes.

 Pude diferenciar una gran variedad de expresiones, típicas de edades, de sus vidas, y aunque esto no era un secreto entre mis colegas, rara vez tocábamos el tema. Todo siempre ocurría de noche, como si las estrellas cantaran alguna canción desconocida que los hiciera reaccionar por un momento y la luz de la sala resaltaba sus gestos.

 Le tomé las huellas, poniendo tinta con suma delicadeza en sus dedos para luego estamparlos en unas hojas tan blancas como su descolorido cuerpo. El flash de mi cámara va haciendo un testimonio gráfico de un momento tan artístico como terrible, y mientras, sentado a su costado izquierdo, voy anotando los detalles. No puedo dejar de verla sonreír mientras sus pupilas tratan de alcanzarme. Le sonreí de vuelta y me acerqué.

¿Te acuerdas de mí, de nosotros…?le pregunto mientras desabrocho su blusa. Ella sólo hace un fino movimiento de arriba hacia abajo con su vista. Su leve sonrisa tomó un matiz de arrogancia.Parece que si.Le digo casi en tono de reproche.

 Ella se había ido con otro justo el día que nos íbamos a casar. Mi rencor se había esfumado junto con el amor que un día hubo, aunque no sabría decir cuál de ellos desapareció primero.

 Prosigo con su pantalón. Ella no pierde detalle y el lívido matiz de su rostro pareciera adquirir un tono rojizo débil. Sus ojos me buscan, intentando hallarme entre la nada y el aire. Desabrocho el botón, abro el cierre y tiro hacia abajo. Su vista ahora me elude casi avergonzada.

 Sólo tenía puesta su ropa interior. Un conjunto verde con negro que resaltaba en el blanco de su figura mientras encendía mis recuerdos de hace tiempo, esos que estaban tan muertos como ella.

 Le acomodé el pelo sobre los hombros y disparé sin piedad la cámara sobre su cuerpo otra vez. Se veía hermosa. Tan vulnerable y fría como en vida.

 Mi dedo índice conecta suavemente mi mano derecha con el nacimiento de su pecho, deslizándose suave hasta dibujar círculos alrededor de su ombligo. Un leve temblor de su desvaído cuerpo me hace mirarla a los ojos. Percibí una sonrisa picante, casi indecente y le sonreí de vuelta meneando mi cabeza mientras una jeringa entraba lenta y firme en su brazo izquierdo en busca de una muestra de sangre.

 Terminé de desvestirla sin mucho arte, admirándola como quien aprecia la belleza de una flor marchita. Como quien se fascina con el esplendor de una ruina.

 Ella, sin vida, desnuda y vulnerable como nunca antes, pone en su cara un gesto de hastío mientras examino toda la extensión de su cuerpo en busca de moretones. Hago de ella lo que quiero y ella se sabe reducida a ser una más de tantas con las que he hecho lo mismo.

 Su vista trata de eludirme mientras tomo las últimas fotos, ya sin ningún pudor ni respeto. Por una vez en mi vida la traté como lo hizo conmigo.

Te apuesto  que nunca pensaste que ibas a pasar por esto, creíste que jamás me ibas a volver a versonrío un poco mientras recuerdo como me hacía promesa tras promesa, que si la casa y los niños, que había que poner una reja blanca por el perro. Hasta me hizo pensar en un nombre para el niño horas antes de irse con otro. Ella nunca supo querer a nadie y era gracioso que ahora me hiciera gracia.

 Vuelvo a acomodarle el pelo, siempre lo hacía. El brillo de sus ojos me busca y sus labios se mueven un poco, como si quisiera decir algo.

 Hago el primer corte en su pecho, empezando desde su hombro mientras ella observa entre nerviosa y divertida. Sus labios tiritan al compás de la luz de los tubos fluorescentes. El bisturí se desliza suave y su movimiento es sustituto de la última caricia que quizá le debía. Me detengo en su hueso púbico y un segundo corte completa la incisión en forma de “Y”. Ella sólo me mira fijo y sus labios hacen el empeño de curvarse en una sonrisa. Una extraña sonrisa.

 Abro la piel con ayuda de un costótomo y examino sus órganos. Ella no deja de mirar. Me dispongo a tomar nota de cualquier anormalidad y es entonces cuando veo un detalle, ese detalle que encajaba perfecto para cerrar todo el asunto. Encendí la grabadora.

La paciente presenta cardiostenosis, un caso claro a simple vista. Me dispongo a retirar su corazón para estudio.

  Su expresión había cambiado a una mueca de burla y desdén. Ni siquiera después de muerta había mejorado su conducta; desde siempre vagaba entre lo tierno y la burla malintencionada.


 Después de esto, no me extrañaba que no supiera querer. Su corazón era anormalmente pequeño.










sábado, 10 de septiembre de 2016

CADÁVER EXQUISITO

CADÁVER EXQUISITO


Nota:
 Cadáver exquisito es un juego de palabras, por medio del cual, se crean maneras de sacar de una imagen muchas más. El resultado es conocido como un cadáver exquisito (cadavre exquis en francés). Es una técnica usada por los surrealistas en 1925, y se basa en un viejo juego de mesa llamado "consecuencias" en el cual los jugadores escribían por turno en una hoja de papel, la doblaban para cubrir parte de la escritura, y después la pasaban al siguiente jugador para otra colaboración.

 Se juega entre un grupo de personas que escriben o dibujan una composición en secuencia. Cada persona sólo puede ver el final de lo que escribió el jugador anterior. El nombre se deriva de una frase que surgió cuando fue jugado por primera vez en francés: « Le cadavre - exquis - boira - le vin - nouveau » (El cadáver exquisito beberá el vino nuevo
).

CADÁVER EXQUISITO

 La casualidad me hizo encontrarla por la calle, justo en el momento en que había olvidado que quise olvidarla. Verla otra vez, fue casi como leer un poema borrado casi por completo.

 Le invité un café y unos besos. El café con un muffin de nuez, en un boulevard que no importa, y los besos largos en mi casa, sólo para verla desordenar, vanidosa y presumida, su pelo entre los viejos libros de páginas amarillentas y aroma a vainilla que estaban entre nosotros.

 Pasábamos otra tarde juntos, alrededor de un par de copas de tinto, igual que cuando éramos estudiantes de letras y nos citábamos para jugar al “cadáver exquisito” durante un rato, y así, rimando poesía de vanguardia, nos íbamos sanando de los viejos amores y las viejas heridas antes que nos infectaran el futuro.

 Habiendo terminado tres juegos completos, mi aliento estallaba en su pelo. Su aroma se mezclaba con el de la tinta vieja de los añosos textos de mi escritorio. Mis libros se iban al piso, cayendo al delicioso ritmo de sus piernas. Quise ofrecerle mis sábanas y la noche entera para descansar.

 Una frase suya deformó el silencio entre nosotros. Una frase con la duración exacta de la última cena del condenado a muerte.

—Soy casada.

 Claro, como si decirme a la cara que redujo al tamaño de una aventura lo que sentía por ella, fuera la solución a los males del mundo.

 Culpa mía. Ella siempre armaba sus amores ideales con los pedazos que arrancaba de aquí y allá, no diferenciaba el amor de un rompecabezas.

 Ella, para mí, se había muerto justo en ese momento. Llegué a odiarla, es cierto, pero ese sentimiento de amor-odio —y todo lo que hay en medio de ambos—, me hizo querer, por cortesía, prepararle un café. No lo aceptó. Sólo quiso que le sirviera una copa de vino. Descorché la mejor botella que tenía.

 Brindamos, ella a mi salud y silencio. Yo brindé a la salud de aquella mujer muerta y sonriente que tenía en frente. Esa que siempre tuvo el amor desordenado.


 Con mi copa en alto hacia ella, no pude evitar sonreír; después de todo… el cadáver exquisito beberá el vino nuevo.





CINCO MINUTOS



CINCO MINUTOS

Resultado de imagen para madre e hijo recien nacido


 Lentamente avanzaba, moviéndose casi como humo entre las sillas opacas y la poca gente que se encontraba trabajando a esa hora en el lugar. Con pasos descalzos y firmes que iban haciendo un eco helado por la blanca cerámica del piso, un “cloc-cloc” seguido de otro, iba la muerte paseando por los pasillos del hospital rumbo al pabellón de recién nacidos, al ritmo de unas pisadas dueñas del sonido típico de un chocar de huesos, atendiendo a su tarea luctuosa con cruel eficiencia y sin distinción alguna.

 Es entonces cuando llega hasta el blanco dintel del pabellón, donde una joven madre se encuentra en labor de parto. Afuera de la sala, el nerviosismo del ir y venir de enfermeras preocupadas, le anticipaba que esta no sería una de las veces en las que se iría con sus huesudas manos vacías. Y entonces, envuelto en su harapienta mortaja negra, se queda parado en un rincón mientras que  va dibujando (si es que se puede llamar así a esa mueca) algo similar a una sonrisa en la blanca calavera que se mueve suavemente sobre sus hombros.

 El breve llanto de aquel bebé recién nacido da la señal de la partida. Una madre empieza a llorar al tiempo que el doctor llama con un grito al padre de la criatura. El esqueleto entra con su cascabeleo óseo, y paso a paso se acerca a la cama. Sin apuro. Sin demora. 

 Unos ojos llorosos color café claro, derraman sobre el bebé la más hermosa alegría triste mientras sus brazos forman una cuna por última vez. La muerte casi podría jurar, por cada uno de sus gastados huesos, que aquella mujer adivinó su presencia en aquel lugar.

Dame cinco minutos… sólo cinco minutos más… por favor…

 La muerte asintió con la cabeza de un modo suave, paternal y triste. Sólo eran cinco minutos, cinco y nada más.

 Un hombre entra al pabellón y la abraza. La besa a ella y al bebé durante cinco minutos exactos.

 Fue entonces que el ciclo de la vida se ajustó a su horario natural, mientras que, por debajo del raído sudario, una mano blanca y desafortunada, se alarga hasta la cama y coge lo que es suyo.


 Esa noche, la muerte salía del pabellón, con pasos suaves y una joven madre bajo su abrigo, mientras un doctor y dos enfermeras intentaban lo imposible por lograr lo contrario. 





jueves, 1 de septiembre de 2016

TÚ Y EL ESPACIO



TÚ Y EL ESPACIO


Dime si para ti el tiempo existe o no existe el tiempo,
Si el espacio es infinito o si el espacio entre espacios.
Dime si mi velocidad no basta para recorrerlo,    
O si las estrellas irradian poemas en binario.

Dime si este universo se toca con otro o no se toca,
Si acaso es el límite el vacío o el vacío te incomoda.
Dime si mirar mis ojos entre estrellas es tu placer furtivo,
O un festín de malos recuerdos que tu risa borra.

Dime si para ti mis manos existen o no existen mis manos,
O si viajas orbitando la paradoja de la gloria y el asco.
Dime el universo alterno donde juntos exploramos,   
O si en el próximo despegue exploro lo que quiero: tú y el espacio.