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domingo, 30 de agosto de 2015

REBECA


  Una historia sobre esa delgada línea que separa la realidad del sueño, de cómo las pesadillas escapan al control de nuestra mente, de un modo que sólo nos afecta a nosotros y no al resto, aunque estos vean sus efectos; una pesadilla que no hace mas que disminuirnos de un modo tal que revive el antiguo miedo de cuando eramos niños... a la oscuridad bajo nuestra cama.





REBECA

  El caso de la paciente N° 34 me traía de cabeza. Podía catalogarse como esquizofrenia avanzada, aunque no presentaba los delirios típicos de aquel estado, aunque su sintomatología semejaba mucho más a la de alucinaciones recurrentes, que se manifestaban en la visión de alguna clase de torturador amorfo. En todos mis años como psiquiatra había visto muchos casos parecidos, y sin embargo, este tenía algo que no terminaba de asombrarme.
  
  Mi paciente, Rebeca, llevaba ya 2 años en terapia conmigo. Todavía recuerdo cuando llegó una tarde de Junio, quejándose de una persistente angustia traducida en un insomnio persistente. Lo típico, pensé, seguramente un cuadro depresivo mayor, ya que al contarme su historia, comenzó a describir situaciones con fuerte carga emocional, una historia densa, que sin duda sería una carga que llevaría a desestabilizar a cualquier persona por acostumbrada a sufrir que estuviera; en ese entonces, la ruptura con su pareja había gatillado fuertes sentimientos de culpa, por lo que decidió cambiar de aires e irse de su casa al departamento en el que hasta el día de hoy vive.
  
  Rebeca siempre describía una situación particular, algo extraña, incómoda de oír por la manera tan vívida que tenía de contarla, de modo tal, que uno casi podría jurar que había estado presente, y junto a ella, tan silencioso, impotente y resignado contemplando aquellas imágenes salidas de un sueño febril. 
   
  Era como si aquél demonio, amo y señor de sus sueños, se hiciera parte importante en su vida consciente de una u otra manera. Siempre la oía con atención, estremeciéndome a ratos, dado que, a pesar de llevar la terapia, no había registrado avances significativos mas que los de inducirle el sueño a base de medicamentos.
  
 Durante los primeros meses de terapia, Rebeca me describía sus sueños como un “vacío onírico”, esos sueños en los que no se percibe nada más que una oscuridad hambrienta de llantos y un zumbido atacando sus oídos, tal como si oyera el lenguaje de los carceleros del hades.

-Mmm… un caso de parálisis de sueño… pensaba mientras tomaba nota en mi vieja libreta y la veía recostada en mi diván, así de reojo, casi fuera de foco.

-Al momento de ir a dormir, en la primera hora mas o menos, mi sueño se vuelve completamente negro, como si de repente todo fuera consumido por la oscuridad.

-Entiendo- le dije, ya dudando sobre la capacidad de los sentidos humanos para emitir un juicio sobre las percepciones. -Cuéntame que emoción o sentimiento acompaña esta sensación…

-Algo… (Dice con una voz temblorosa, semejante a la llama a punto de morir en la vela) algo como la sensación de estar sola en un cuarto oscuro. Las primeras veces sentía una soledad como nunca antes en la vida sentí… pero desde hace un tiempo, siento como si alguien mas estuviera allí, alguien hecho de humo… alguien sin una forma definida.

  No estaba loca, no, eso lo sabía. Mi título me obligaba a apoyarme en mi criterio profesional y lo que este dictaba era tratarla, buscar la causa primera, el origen de este miedo. Ella después de 8 meses no pudo seguir la terapia por falta de dinero; no iba esto a detenerme pues era para mí un caso interesante… además había desarrollado un cierto apego hacía ella. Sé que dirán que no es ético, pero pienso lo contrario, pues también soy humano, y tengo la firme convicción que la salud está muy por sobre cualquier monto.

 Accedí a tratarla sin costo alguno, como una especie de acuerdo, un trato sólo entre ella y yo, absolutamente nadie más lo sabría. Un secreto íntimo. Un vínculo al fin. De todas maneras no tengo nadie a quien rendir cuentas ya que soy divorciado hace varios años. Estaba sintiendo algo mas que un apego y eso ambos lo sabíamos.
  
  El mundo de los sueños muy caprichoso. Inventa y reinventa, construye y destruye conceptos e ideas, con una “lógica” muy particular. Cada mente es un mundo, un universo distinto, y este universo traía consigo algo extraño, incómodo, como ese terror atávico a la oscuridad, a lo que no podemos calificar.

 El universo de Rebeca traía consigo extraños demonios, capaces de traspasarla y sembrar una pequeña, pero pesada, semilla de miedo en mi interior. Un miedo que nos reduce a lo mas mínimo, haciéndonos sentir minúsculos frente a cualquier cosa.

 Rebeca, mi Rebeca estaba atrapada, y yo me sentía impotente al no poder ayudarla. Ambos nos sentíamos ínfimos frente a la situación. El miedo nos unió. El miedo era nuestro vínculo. El miedo de ella a dormir, y el mío a no poder ayudarla.
  
  Ese ser sin forma era cada vez mas presente en su vida, llegando al punto de sentir que manos invisibles intentaban sujetarla. En este punto llevábamos ya, año y medio de tratamiento y 2 meses saliendo. Yo, dentro de mi criterio, lo interpreté como la proyección de una sensación de culpa por su parte, al estar a las puertas de una nueva relación. No le di mayor importancia y le expresé lo que pensaba. Rebeca sólo me miraba tratando de entender, queriendo creer mis palabras.
  
  Ella poco venía ya por mi consulta, siempre íbamos a mi casa, ya que era el lugar en el que se sentía más tranquila. Siempre que quería dormir se quedaba allí conmigo. De alguna manera, Rebeca se sentía tranquila entre mis libros y despacho, casi calcados a los que pueden verse en las aburridas películas que, por alguna razón, están amontonadas sobre un librero que pude rescatar de lo que mi ex-mujer se llevó.

  Rebeca, por cuestiones de trabajo, no podía quedarse siempre, aunque este era su refugio, un bastión de cordura y calma, un lugar de libros, café cargado y abrazos. Hacía ya un par de semanas que no venía por mi casa y sólo hablábamos por teléfono, distanciando cada vez mas nuestras llamadas. Hace 5 días que no he podido hablar con ella.
  
  Esa mañana, el viejo teléfono de mi escritorio suena, trayéndome de golpe a la realidad desde mis pensamientos. Mi secretaria me había traspasado un llamado. Era Rebeca. Sus crisis se habían vuelto mas fuertes por lo que le dije que viniera a mi consulta después de su trabajo. Ella accedió de inmediato, y con su tono siempre cariñoso, me dijo que iría en seguida, puesto que no había ido a trabajar.
  
  Lo que me describió al llegar me dejó intranquilo, era incómodo. No podía (ni quería) aceptar que era totalmente incapaz de solucionar esta situación. Rebeca me contaba que además del vacío onírico, ese ente sin forma estaba tomando fuerza dentro de su mente; sólo un detalle estaba grabado a fuego en sus recuerdos. 

 Ella describía una mano, la que al comienzo estaba a medio formar, pero que a lo largo de estas últimas semanas, (producto quizá del miedo) ella soñaba a este informe horror casi a diario. Esa mano tenía ya una forma definida. El ente aún no.
  
  Podría ser una crisis como las anteriores, o una crisis de angustia como tantas que he tratado con éxito, pero un detalle me desconcertó hasta el punto de cuestionar incluso todos los estudios de mi profesión. Rebeca tenía una marca en su hombro, como si alguien la hubiera tomado con fuerza. Conocía a Rebeca lo suficiente para saber que no eran marcas autoinflingidas. Además los tamaños no coincidían. Esta marca delataba una mano mucho mas grande que las suyas e incluso que las mías, con dedos mas gruesos y largos, casi como si tuvieran una falange extra. La contuve emocionalmente lo mejor que pude y para tranquilizarla le dije que esa noche me iría con ella a su departamento. La verdad es que había ido varias veces sin notar nada extraño, sólo el desorden típico de una persona que vive sola. Había ido tantas veces pero nunca me había quedado a dormir allí.
  
  Esa tarde charlamos un rato sobre sus pesadillas con esa mano, conversamos sobre ese tema sólo para informarme un poco más sobre la situación, procurando cambiar el tema lo antes posible. Fuimos a cenar cerca de mi despacho, algo liviano, caminamos por la plaza cercana un rato hasta que se nos hizo de noche. Rebeca vivía a unas calles de mi consulta, así que dejé mi auto allí.
  
  Aquella tarde fue magnifica, fue volver a vivir aquello que hace años no sentía. Éramos como una pareja de adolescentes en su primera cita. Llegamos a su departamento y celebramos su buen humor con una copa de vino. Quizá fue el paseo, quizá la cena o la copas… Terminamos en la cama como siempre. Fue una noche mágica. Sólo nosotros, mas grandes y fuertes que cualquier demonio.
  
  Desperté muy temprano, apenas tenía la noche ganas de amanecer y Rebeca dormía a mi lado, irradiaba una ternura y paz increíble; casi no reconocía a la mujer que sólo tenía pesadillas.
  
  Le doy beso en el cuello mientras me siento y ella aun dormida sólo se acomoda intentando taparse.
  
  Sentí algo de sed así que me dispuse a ir a la cocina por un vaso de agua.
  
  Me siento en la orilla de la cama apoyando mis pies descalzos en el piso helado.
  
  Algo se notaba extraño en el aire, había una sensación de tensión. 

 No le hago caso, quizá la culpa me apretaba el alma. No era ético acostarse con los pacientes. No… Rebeca ya no era mi paciente. Ella era mi todo.

  Mientras estaba ahí sentado en la orilla de la cama, inmerso en mis pensamientos se oye un murmullo a mis pies.

  Miro hacia abajo. Una enorme mano me toma fuertemente de un tobillo.
  













sábado, 29 de agosto de 2015

TITÁN




  Esta historia está basada en un sueño que tuve una noche.



TITÁN


  Flotaba en el vacío, brillando majestuosa, plateada, parpadeando en algunos puntos con sus balizas de rojo y verde mientras seguía su lento y arrogante avance hacia los bordes externos de los dominios del homo sapiens. Todo en pos de la búsqueda de nuevos recursos minerales, para saciar el hambre humana y continua de materiales con los cuales hacer y deshacer copias burdas de la creación, parodias del edén, utopías de acero y plástico.


 La humanidad había avanzado tanto y retrocedido aun más, hasta un punto en que se consideraba antinatural no tener el afán expansionista propio de una enfermedad. Llegado a este estado, el hombre no era más que otra plaga bíblica; se había reducido, sin duda, a ser la peor de todas. No podía esperarse el respeto, ni por ellos mismos o por el universo. Todo lo que antes había sido sagrado, se pasaba ahora por alto mientras se buscaba completar una causa más ambiciosa: la expansión. Un comportamiento comparable al de bacterias en una probeta, siempre fieles a su naturaleza humana, demasiado humana.

 Aquella colmena terrestre se hallaba en curso hacia Titán, en búsqueda de su preciado tesoro; un océano de metano líquido, con miles de metros cúbicos escondidos bajo una imponente coraza de hielos, más antiguos que cualquier dios imaginado por el hombre. Esto les permitiría generar la energía suficiente para alcanzar Plutón antes que Los Jovianos (la colonia que se encontraba orbitando las lunas de Júpiter), y aunque la magnetósfera de Saturno los había provisto de la energía necesaria para sus expediciones durante ciento cinco años sin problemas, al ritmo actual habría que esperar otro siglo. No podían darse ese lujo.

 Mijail era un especialista de misión; esta era una ocupación de relativo status dentro de la “Ledokol”, una gigantesca nave industrial perteneciente a la federación rusa, propiedad de accionistas mineros en su mayoría, que veían los hielos eternos de las tierras entre las estrellas como una nueva Siberia, o como la llamaban ellos, “La tundra prometida”.

 La “Ledokol” era una nave rompehielos, donde a bordo la mayoría de su tripulación eran mineros de ese material, cosmonautas dedicados a la obtención de agua proveniente de los imponentes bloques de hielo (usados para consumo y generación de hidrógeno), que giraban en los anillos de Saturno. Además existían  exogeólogos, especialistas y técnicos de misión, quienes eran los encargados de tareas, que iban desde perforar y minar superficies de asteroides, o poner cargas de suministros en órbitas bajas, para ser recogidas por drones de transporte, y enviados a las faenas mineras en los enjambres de asteroides.

 Nadezhda era hermosa, esbelta y rubia, dueña de unos ojos azul profundo, el color con el que imaginaba, debía verse el planeta Tierra desde las pantallas del observatorio.

 Parecía una figura de porcelana, una atleta olímpica de las antiguas glorias deportivas de una madre Rusia, ubicada en  una roca olvidada allá lejos, tras el cinturón de asteroides y las primeras colonias ya abandonadas. Era altanera y sensual, con una expresión de seguridad casi invasiva.

 Tenía una relación con Mijail desde hacía casi tres años, si acaso podía llamarse relación a ir y volver cuando le venía la gana. Aun así, le llamaba cariñosamente “Misha”, por su diminutivo. Siempre le llamaba de ese modo, ya fuera a diario, en privado o en el trabajo.

 “Nadya” (que así le llamaba Misha), era una brillante exogeóloga, que gustaba de coleccionar rocas y minerales, que Misha le traía a escondidas entre los bolsillos de su traje espacial. Cada piedra era canjeada por un beso, una cena juntos, y quizás alguna otra cosa que le diera a Misha, una sensación de pertenencia o aceptación de parte suya. Últimamente las cosas habían ido mal entre ellos.

 Nadya se sabía hermosa, y aunque Misha era joven y apuesto, ella se estaba aburriendo. Ella era hermosa, pero sólo por fuera. Dejaron de besarse como antes, al punto que llegaron a abandonarlo casi por completo.

 Otra vez como tantas otras veces, Nadya se iba, volvía y lo dejaba cuando quería. Misha ya no distinguía el amor del desprecio, y ella nunca había sabido la diferencia. Sólo existían sus intereses y  caprichos. Misha era sólo un complemento descartable; alguien que sólo empezaba a existir en la medida que le trajera rocas, y su tiempo de existencia duraba lo que la atención de Nadya en su regalo.

 El rompehielos se encontraba ya, a la distancia suficiente para enviar un vuelo tripulado, con un especialista de misión en una sonda de medio alcance; la misión era simple, ir y perforar en un punto, donde un dron había detectado hielos débiles, con un espesor ínfimo en comparación al escudo helado de los alrededores. Eran sólo ciento cuarenta y tres metros que la cortadora de plasma tenía que perforar, para luego depositar un scanner submarino en aquél abismo de metano y roca; debía analizar posibles fisuras y cavernas que debilitaran la superficie. Había que examinar el terreno para saber si se podía establecer una torre de extracción.  

 Misha sintió que era el indicado para la misión, ya que podría traer alguna roca de Titán, y aprovechar la oportunidad de hablar de matrimonio. Él la amaba mucho, quizá demasiado, aun a sabiendas que Nadya se amaba a si misma, casi tanto como a su trabajo, y a las malditas piedras que él le llevaba.

 Se presentó como voluntario junto con otros once especialistas mineros, y aunque inicialmente iba a ser un equipo de tres personas, se decidió que el operador de la perforadora iba a pilotar; Un técnico de montajes no era necesario, ya que se desconocían las condiciones del terreno.

 Nadya, con sus influencias le consiguió el trabajo, y si acaso era esta una señal, no lo sabía; quizá quería ayudarle, quizá sólo quería otra roca en la repisa sobre la cama que a veces compartían.

 Un día antes del despegue, como casi cada tarde de las últimas semanas después del trabajo, se fueron por un café a una de las cubiertas inferiores de estribor, donde podía verse Saturno y sus tonalidades ocres como en una pantalla de cine, a través de las doce mil placas de cristal blindado. El café lo tomaban dulce y cargado, como un romance juvenil; casi podría jurarse que nunca hubo otra cosa más que amor entre ellos. Misha le toma la mano y Nadya se sonroja, baja la vista y apura un sorbo de su taza.

 -Lo siento, tengo que irme. Por favor no vayas a mi departamento esta noche.

 Misha se bebió su taza en tres sorbos, uno por cada palabrota que quiso gritar.

 -Y me imagino que no me darás alguna explicación del porqué.

 -No tengo la obligación de darte explicaciones.
 Nadya se levantó, dejando a Misha con sus dudas, la cuenta por pagar y Saturno con sus anillos de fondo en la ventana.

 -Yo, para ella no soy su amor, apenas soy su “a veces”… y últimamente eso casi nunca.- Se decía Misha mentalmente.

 Al día siguiente todo estaba dispuesto. Las maquinarias estaban en línea, cargadas y listas para el despegue. El día de Misha había comenzado varias horas antes, parte por el insomnio y parte por los exámenes de rutina antes del despegue. Esa mañana, Nadya era una intrusa en su mente, algo más espesa que un mal sueño escurriendo en su memoria, mientras se va percatando de la realidad, al tiempo que el ingeniero le explica el manejo del equipo de perforación.

 El fuselaje de la nave era de formas curvas y suaves, de un blanco impecable, con un leve toque fosforescente que se dejaba notar bajo las luces de la bahía de lanzamiento. Tenía el logo de una bandera rusa pintada en el costado izquierdo, y bajo ella habían cuatro círculos; el primero representaba al sol, y los siguientes a los primeros tres planetas. La parte baja de la cabina, estaba recubierta de una loseta negra hecha de carbono reforzado, y bajo esta, había una escritura en relieve, con su número de identificación y nombre de la colonia de origen.

 -Mijail, supongo que tienes claro tu propósito. Recuerda que tienes un tiempo límite para montar esta cosa- le decía el ingeniero en un tono que sonaba como una llamada de atención, mientras señalaba la compuerta de carga situada en la parte posterior, entre los cuatro motores de la máquina.

 -No te preocupes, he hecho esto varias veces para extraer hierro de los asteroides. No tengo pensado demorar el día entero.

 -Si no hay inconvenientes, deberías estar de vuelta para la hora de cenar. Sólo son dos horas de vuelo más tres de perforación; sólo son ciento cuarenta y tres metros, y esta preciosura corta a casi cinco mil grados Celcius.

 Nadya apareció para despedir a Misha. Él la mira y sonríe. El momento habría sido agradable si ella no hubiera aparecido así, tan desconectada y distante, con un beso de mentira y palabras que no eran mejor que el viento helado y tóxico de Titán.

 Misha se acercó para besarla antes de subir, sin embargo, terminó como siempre, buscando amor en la nada, tirando cariño en un vacío tan hondo, amplio y frio como el mismo espacio que se disponía a recorrer.

 Las balizas cambian su luz de rojo a un amarillo intermitente, fijas en las paredes marcan el trayecto desde la lanzadera electromagnética hacía la compuerta. La nave está fija en la plataforma, mientras esta se extiende fuera de la cubierta del rompehielos para ser lanzada. Misha revisa sus instrumentos, esperando la luz verde definitiva para el despegue. Se asegura el casco y su respirador; llevaba aire suficiente para ir y volver además de raciones de comida.

 -Ekskavator a Ledokol kontrol. ¿Me copia? Solicito luz verde para el despegue, según protocolo de exominería profunda.

 -Copiado. El punto Delta Juliet presenta una tormenta de nieve de reciente formación. Tendrá que entrar por Delta Lima a cinco grados norte de la ruta original. Puede haber pérdida de señal de radio a ratos. Ekskavator, tiene luz verde, repito, tiene luz verde.

 -Roger.

 El recuerdo de Nadya le punza las sienes. Sabía que estaba idealizando una relación, que no era más que un lento descenso a la locura, pero eso no le importaba. Quería sentir que podía hacer algo hermoso con ese fragmento de luz de estrellas dentro de su querida Nadezhda. Iba a dar hasta su último aliento para ver sus ojos azules abrirse cada mañana en su cama. Después de todo, era como muchas otras veces, y ella cambiaría su cara cuando llegara con otra roca para la colección. Misha le llevaría un planeta entero, pedazo a pedazo con tal de seguir sintiendo sus besos en la espalda.

 Poco menos de dos horas pasaron antes de un descenso exitoso; él se sabía los controles de memoria, y mientras admiraba el paisaje, buscaba aquel punto donde el hielo era menos denso.

 Había llegado en la fase lunar que correspondía a la noche, un fenómeno muy pocas veces visto por los tripulantes de cualquier navío cósmico, y era aún más particular ya que empezaría a llover. Misha sabía que el metano en Titán sigue un ciclo casi idéntico al del agua, sin embargo jamás había visto la lluvia.

 Minutos después de posarse, abandona el módulo y despliega la consola portátil de manejo de la perforadora. La compuerta de carga entre los motores de la nave se abre, y una plataforma minera, básicamente un cilindro con ruedas, se dirige al punto señalado en la consola adosada a su antebrazo izquierdo. Todo iba según lo planeado, ya que el hielo cedía ante el plasma, mientras este dibujaba un círculo perfecto de diez metros de diámetro con su brazo articulado. Un pulso de energía dado por la misma máquina tritura el tapón helado, dejando el espacio libre para que la segunda máquina deposite el submarino.

 Misha no había podido despegarse del lado de aquellas bestias mecánicas, ni siquiera para admirar el paisaje. La microgravedad lo tenía un poco incómodo, ya que prefería trabajar con gravedad cero; el viento helado que corría no le afectaba demasiado, le favorecía el estar rodeado por dunas de tierra y hielo.

 La nostalgia le hizo desplegar un holograma de Nadya, que había tomado una de las raras ocasiones en las que existía para ella sin rocas de por medio.

 No había tenido ocasión de mirar al suelo en busca de algo que valiera la pena llevar; ni siquiera había tenido tiempo de comer o cargar gas en los propulsores de la mochila de su traje. Por más que miraba a su alrededor no veía otra cosa sino hielo y rocas comunes; si quería algo bueno, tendría que alejarse un poco de la zona de trabajo. Decidió hacerlo, no sin antes extender un faro de luces de neón desde el brazo de la perforadora, ya que, de esa manera podría orientarse en aquel crepúsculo helado.

 Las dunas sólo le dejaban ver hacia el norte de su posición, y debía medirse en cada paso que daba. Las nubes empezaban a cerrarse al tiempo que ocultaban la visión de Saturno y las estrellas sobre él, dejando caer las primeras gotas espesas de metano líquido sobre la superficie.

 Sólo la tentación de una caricia le haría abandonar la seguridad de sus labores, cruzar aquella línea atravesando un sendero de infierno helado, para volver con un pedazo mineral, precio de un cariño, un café por la tarde y un beso de buenas noches.

 Apagó el holograma y se dispuso a escudriñar el horizonte con el visor binocular de su casco. Con esto, a lo lejos descubre unas tonalidades azules.

 Misha enciende la válvula de su mochila, y esta le permite dar un salto de proporciones colosales hacía adelante y arriba, pudiendo ver mejor de que se trataba su hallazgo. El color azul correspondía a miles de piedras de cobalto, rocas dispuestas de un modo tal, que parecían un campo de flores azules, brillando húmedas por la lluvia tóxica que había empezado a caer desde hacía un rato.

 El viento había desplazado con rapidez aquellas nubes colosales, sin mucha resistencia majestuosidad, las fue arrastrando mientras jugaba con sus formas. Jamás llegó a ser una lluvia torrencial, y ahora no era más que una leve llovizna de metano líquido. Las cosas marchaban mejor que bien.
 Misha se devuelve hasta la sonda y extiende un radio faro luminoso; un globo brillante relleno de helio y cubierto de una luz que alternaba los colores verde limón y naranja, esto para resaltar a la distancia, ya fuera entre el polvo estelar o el negro vacío del espacio.

 El faro estaba unido por un cable de acero a la perforadora. Se elevaba buscando tocar el firmamento, mientras el viento se hacía notar en el movimiento oscilante del globo. Calculaba que podría cruzar el terreno con tres saltos, y que todo el proceso le tomaría como máximo cuarenta minutos.

 Saltando evitaría el terreno peligroso, y tendría una vista general del lugar para trazar una ruta segura. Esto había sido parte de su entrenamiento básico y lo sabía de memoria. Se aleja caminando hasta una zona estable mientras se maravilla del paisaje, podría  decirse que aquellas montañas, habían sido hechas a mano por alguna inteligencia talentosa en el uso del cincel y martillo.

 El paisaje, aunque era de noche, se veía maravilloso; un tenue crepúsculo era proporcionado por el planeta dueño de aquella joya de hielo. Fragmentos de los gigantescos anillos pasaban por sobre su cabeza, flotando majestuosos a miles de kilómetros sobre Titán. 

 Se dispone a saltar; primero arroja una bengala, y cuando el magnesio hubo generado ese pequeño mediodía artificial, hizo flexión en sus rodillas, abriendo la válvula de salto situada en su cadera derecha, dando un salto enorme en dirección a las rocas azules, casi del mismo modo que había saltado hacia los ojos de aquella esbelta muñeca rusa años atrás.

 Fue un salto seguido de un segundo, sin embargo, fue necesario hasta un cuarto salto. El cielo comenzaba a cerrarse nuevamente y la consola de su brazo izquierdo le avisaba que empezaría a llover dentro de poco. Debía apresurarse; tendría que saltar por quinta vez si quería ir y volver en menos tiempo.

 Su cuarto salto le había hecho quedar casi a doscientos metros del lugar. La idea de Misha era caminarlos, desgraciadamente, las nubes empezaban a cerrarse, ocultando aquella segunda vía láctea formada por las rocas de los anillos. Al fin llegó hasta el campo de minerales, y junto con él, las primeras espesas gotas de metano, esta vez, la lluvia venía acompañada de nieve.

 Sentía frio; ya no estaba al amparo de las enormes dunas que formaban aquella cuenca donde se encontraba perforando. El viento le pegaba de lleno pero no importaba. La sonrisa de Nadya era realmente el tesoro que había ido a buscar, y cruzaría cualquier lluvia o terreno para conseguirla; después de todo, era el único futuro que anhelaba.

 Aquel lugar era magnifico, tenía la belleza del abandono y la desolación; habían muchas rocas de color azul, otras tornasoles, además de grises y pardas. Lo extraordinario era haber hallado rocas de un azul tan intenso, ya que el cobalto puro tiende a ser de un color grisáceo, y sin embargo, estas eran de un azul y brillo similar a una turquesa.

 A lo lejos, algo llama su atención. Era una piedra similar a una gema. Brillante y casi pulida, como si un artesano de las estrellas la hubiera lapidado a fuerza de las inclemencias de un mundo perdido, dejándola allí reposando, para ser encontrada eones después, por una criatura indigna incluso de posar la vista en las estrellas.

 La bengala se había apagado hacía un par de minutos y Misha se iluminaba con los focos de su traje espacial, situados en sus hombros y casco. Era él un punto de luz blanca en medio de una creciente mezcla de lluvia y nieve, que le hacía difícil iluminar debido a la refracción de la luz en los cristales de hielo.

 Por suerte, en ningún momento había perdido de vista el parpadeante faro. Una alerta de voz corta el silencio de aquella noche, y le indica que la sonda había sido depositada con éxito en aquel tesoro de miles de metros cúbicos de líquido tóxico pero necesario. 

 La nieve le obstruye la visión; Misha se la sacude del visor de su casco cuantas veces es necesario. Con pasos difíciles logra llegar hasta la piedra, la recoge y maravillado la admira. Era justo como lo que había imaginado llevarle a Nadya. Un regalo hecho por un artesano estelar, el mismo que había hecho los planetas, las estrellas y todo el universo.

 Levanta la vista buscando el faro, contento, satisfecho de haber pasado frio y llevar ese pequeño tesoro mineral, ese que sin duda sería el favorito de su colección. A treinta y cinco grados de su posición lo divisa. La nevada era copiosa y sentía frio a pesar de las capas aislantes de su traje.

 Cuando se dispone a trazar la ruta de salto, advierte que de hacerlo desde su punto actual, caería en una zona de hielos inestables. Podría caer en alguna caverna o fisura en aquellos hielos eternos, y lo peor, sin ninguna posibilidad de rescate. Las únicas opciones eran avanzar casi setenta metros, o retroceder en dirección sureste veinte metros y saltar desde ahí. Misha se decide por lo segundo y se dirige al punto señalado en su GPS.

 Su punto de salto era sobre una roca de metro y medio de altura, totalmente lisa, aunque cubierta de nieve. Se asegura que su tesoro está a salvo dentro de un compartimento de su cinturón de herramientas, y se dispone a saltar cuando una ráfaga de viento lo hace caer de espaldas.

 Burla del destino. Justo al terminar debía pasar algo. Misha cayó mas de ochenta metros, y aunque la baja gravedad hizo que prácticamente no sufriera daño alguno, era la altura a recuperar y el clima lo que realmente le preocupaba.

 Podía saltar un máximo de cincuenta metros de altura, aunque con ese viento, no era seguro saltar ni a diez. Sus instrumentos le arrojaban señales de alarma a cada instante, y aunque se vio tentado a hacerlo, desistió de enviar una señal de auxilio a la sonda para su retransmisión a la nave, ya que, lo más probable sería su expulsión de los cuerpos de extracción, por hacer mal uso de los instrumentos, y poner en riesgo una misión abandonando las maquinarias. Además ya había librado de situaciones parecidas anteriormente, aunque no tan serias.

 La única solución era saltar lo más alto posible y escalar de algún modo; tendría que forzar la válvula, buscar un punto elevado y lograr un salto de unos sesenta metros, siendo esa la capacidad máxima de salto, para ese equipo en caso de emergencia; tal maniobra se usaba en algunos asteroides, en los que, al quedar atrapado, el cosmonauta liberaba gas mezclado con oxígeno a alta presión, para ponerse en una órbita baja y ser rescatado por una sonda. La diferencia era que en Titán no hay gravedad cero, y además caía nieve. Sólo tendría que añadir más oxígeno para compensar, y en eso no había problema, ya que su tanque almacenaba el suficiente para diez horas y además reciclaba el aire. Sabía que de asfixia no iba a morir. 

 No había una roca lo suficientemente alta para saltar desde allí y asegurar un par de metros, por lo que retrocedió y tomó carrera por unos eternos veinte metros, antes de liberar la presión acumulada en su tanque auxiliar para salto de emergencia. Saltó pero no logró su propósito; aquel salto terminó con Misha golpeándose contra las rocas resultando lastimado, cayendo nuevamente aunque esta vez detuvo parte de la caída con un chorro de gas.

 Una línea blanca y delgada, le cruzaba la esquina superior derecha del cristal de su casco como el anticipo del desastre. Se había trizado su visor, no sabía si al primer o segundo impacto con las rocas. La situación había adquirido otro matiz, uno más oscuro. Debido a los nervios, sentía casi el sopor de una fiebre, esa sensación de despertar de un mal sueño sin poder distinguir completamente el mundo vigil del onírico.

 La desesperación le hizo tratar de nuevo; esta vez no haría caso de la nieve y tomaría más impulso. Sabía que si su cristal se rompía, el viaje habría acabado. Esta vez, la carrera por su vida había sido de treinta metros.
 El salto había sido mucho más grande que cualquier otro que hubiera intentado antes. Semejaba a Ícaro, volando a su libertad en dirección al sol, pero era Misha volando hacia la vida, en dirección al faro.

 El majestuoso paisaje se tornó burlón e insolente, le quitaba oportunidades de sobrevivir a cada segundo, y sin embargo, consigue un salto enorme. Fue tanta la potencia de la desesperación, que se pasa de largo en la altura y cae al suelo rodando un par de metros. La delgada línea blanca de su casco se había hecho mucho más notoria.

 Misha evaluó la situación; inmerso en aquella ventisca tóxica, no podía darse el tiempo de trazar una ruta, por lo que tendría que saltar sin más. Revisa su cinturón y la piedra sigue allí todavía. Siente algo de alivio hasta que se dispone a presurizar para realizar el siguiente salto.

 Con su última caída, el tubo flexible del gas se había doblado hasta el punto de hacerse un corte. El tejido de Kevlar de que se encontraba hecho el tubo, se había partido perdiendo gas rápidamente. Apenas le quedaba lo suficiente para un salto y eso no bastaba. Un crujido le dibuja una tangente a la línea de fisura en su cristal, mientras empieza a escapar el aire de su traje presurizado.

 El frío empezaba a colarse por aquel dibujo quebrado en el visor de cristal, se colaba silencioso y prepotente, junto con el hedor tóxico del helado manto de aquella luna maldita. No era más que hielo que se colaba dentro del traje, casi como un preludio de la muerte; sólo era un frio que le abrasaba el cuerpo. Cuanto hubiera dado Misha para que ese abrazo y ese olor fueran los de Nadya.

 La nieve le obstruía la visión, formando un velo cada vez más semejante a una mortaja. El último salto fue exitoso. A fuerza de nervios y adrenalina pudo vencer los obstáculos ambientales, logrando un despegue y descenso casi perfectos, sin embargo, era el último que podía hacer. Ahora era un cosmonauta naufrago entre la borrasca de nieve y metano.

 Quedaba algo de kilómetro y medio de caminata entre aquel campo de rocas y dunas semejantes a tumbas, tenía aire suficiente para un par de horas, y aunque jamás perdió de vista el faro, esa caminata no tenía otro destino sino el infinito abrazo de un infierno crepuscular.
 
 No había remedio. Misha se decidió a caminar en la medida que lo permitieran sus fuerzas, aun sabiendo que habían grietas más adelante. El frio se colaba agresivo por su casco, quemándole la nariz y la garganta, volviéndole un poco más torpe a cada segundo.

 Aun con la mirada triste, llevaba el corazón alegre y resignado mientras se repetía palabras de ánimo a cada instante.

 Con los pasos torpes y cansados cayó en una grieta, y aunque no era tan profunda, Misha ya no tenía fuerzas para escalar hasta la superficie. De tanto aferrarse a la vida y al recuerdo de Nadya, se habían agotado sus brazos y el sueño comenzaba a vencerlo. 

 Con la poca motricidad fina que le quedaba, envió una señal de auxilio desde su consola y desplegó por última vez el holograma con la imagen de su amada. Si iba a ser este el fin, no se resignaba a partir sin ver por última vez a la chica de ojos azul cobalto de Titán.

 Una frase tan leve como un suspiro cortó el silencio, una despedida casi como un lamento brota trabajosamente de los labios de Misha con su último aliento. 

 -Dasvidania lyubimaya.

 Adiós querida. Una frase sincera para disfrazar una despedida definitiva.

 En aquella helada grieta de una luna apenas explorada, Misha abrazaba su destino, empujado hasta Titán por cuatro motores y un amor distópico había hallado su descanso. Su voz ya no sonaba más humana que el viento que soplaba en esa eterna era de hielo cósmico.

 Tal era el capricho del destino, después de todo… ¿Quién iba a pensar que el hielo en el corazón de aquella mujer, le iba a hacer morir congelado?  
















jueves, 27 de agosto de 2015

ELLA Y ÉL





 Hace un tiempo venía con ganas de escribir algo como esto, para experimentar algo nuevo. Espero que les guste esta historia propia.


ELLA Y ÉL
   
 Se habían encontrado unos días atrás, mientras iba cada cual en sus asuntos, fue un encuentro casual, casi tan milagroso como hallar la aguja en el pajar. Habían pasado ya casi veinte años desde la última vez que se despidieron, devolviéndose anillos y dejando de lado las razones para convencerse que amar no duele y que todo era posible. Habían pasado casi veinte años y mucha vida entre ellos, y sin embargo, algo los volvía a conectar, a pesar de ambos haber aprendido a endurecer el corazón y seguir su camino. Fueron por un café para charlar y ponerse al día, y entre una taza y otra, saborearon los años perdidos. Los recuerdos eran dulces y fuertes, unos sin crema y otros de vainilla.


  Ella se había casado, dejó la universidad, se había divorciado al poco tiempo y vuelto a casar. Él siguió estudiando medicina, refugiado en un fuerte de libros y huesos plásticos. Ella no había tenido hijos y él tenía una hija de tres años, con una mujer a la que consideraba el mejor error de su vida.

  Ella tenía una pena tan grande que no le cabía dentro y le desbordaba los ojos sin notarlo. Él se daba cuenta a la perfección de su estado de ánimo, sabía leerla, se la sabía de memoria aun después de los años, los desengaños y los amores repartidos en tantos sueños sin cumplirse.

  Habían quedado de acuerdo en encontrarse la semana próxima en el mismo lugar para beber los mismos recuerdos y preguntas. Él le acaricia la mejilla con suavidad, en dirección a sus húmedas pestañas, y se despide con un tierno beso en la frente. Ella le pide que no la deje sola. Él pidió lo mismo un día.

  Pasaron unos pocos días y él se la había vuelto a encontrar ese viernes por la tarde. Un encuentro mucho más fortuito que el anterior. La casualidad se burlaba otra vez de ambos.

  Ella ya no tenía la mirada humedecida de la última vez, a pesar que sus ojos mostraban signos de haber llorado hacía un par de horas. Al igual que aquella tarde del encuentro milagroso, ella se veía hermosa, frágil, sus pupilas estaban dilatadas mirando un sueño perdido en el infinito. Tenía la expresión de aquel desesperado que ruega la ocurrencia de algo distinto a lo que pasa cada mañana. Una mirada que decía  “la realidad no importa”.

  Él se quedó mirándola, meditando un poco sobre el pasado, sonriendo nostálgico. Ambos habían sido un fantasma en la mente del otro durante todos esos años perdidos sin buscarse. 

  Con el dorso de la mano acarició su mejilla suspirando resignado, ella se dejaba hacer, blanda, maleable al contacto de la otra piel.

 Pasaron lentos los minutos, como aferrándose de forma desesperada al flujo mismo del tiempo, minutos en que él hablaba, y ella parecía que iba a sonreír en cualquier momento, como cuando eran jóvenes y él le contaba historias mientras ella se hacía la dormida.  

  Él se acerca suavemente y le desabrocha la blusa, pone una mano en su espalda y le acomoda el pelo sobre los hombros. Por un breve instante creyó hacerle cosquillas. Ella se deja hacer, no había otra opción. Él se detiene y la mira, como esperando su aprobación, pasando lentamente sus dedos por su cuello. Ella no se resiste, claro, no podía ser de otra manera. Él continúa desvistiéndola, ahora despojándola de sus pantalones. Ella se había sabido mantener a pesar de los años, seguía hermosa como el boceto de un artista, siempre lo había sido. Él es ahora el de la vista húmeda.

  Él la desnudó por completo y recorrió su cintura con sus dedos, repasando sus lunares, investigando cuanto había cambiado su cuerpo en todo el tiempo ausente. Ella no había puesto ningún reparo.

 Él tenía un nudo en la garganta. La besó en la frente como tantas otras veces, como cada vez que se iba a dormir. Ella lo abandonaba por segunda vez.

 Ella, tan cerca y tan lejos al mismo tiempo.  

 Él saca una grabadora junto a una caja con su arsenal quirúrgico de un cajón, y su voz suena algo quebrada.

- Hora del deceso… alrededor de las 7:00 PM, causa de la muerte, intoxicación por fármacos.








miércoles, 26 de agosto de 2015

LOS GATOS DE ULTHAR (H.P. LOVECRAFT) PDF




 Se cuenta que en Ulthar vivía una anciana pareja de campesinos que se divertía capturando y matando los gatos de la gente del pueblo. Un día pasó por el lugar una caravana de peregrinos y el gato de Menes, un huérfano que viajaba con ellos, desapareció.



LOS GATOS DE ULTHAR
H. P. Lovecraft


 Se dice que en Ulthar, que se encuentra más allá del río Skai, ningún hombre puede matar a un gato; y ciertamente lo puedo creer mientras contemplo a aquel que descansa ronroneando frente al fuego. Porque el gato es críptico, y cercano a aquellas cosas extrañas que el hombre no puede ver. Es el alma del antiguo Egipto, y el portador de historias de ciudades olvidadas en Meroe y Ophir. Es pariente de los señores de la selva, y heredero de los secretos de la remota y siniestra Africa. La Esfinge es su prima, y él habla su idioma; pero es más antiguo que la Esfinge y recuerda aquello que ella ha olvidado. En Ulthar, antes de que los ciudadanos prohibieran la matanza de los gatos, vivía un viejo campesino y su esposa, quienes se deleitaban en atrapar y asesinar
a los gatos de los vecinos. Por qué lo hacían, no lo sé; excepto que muchos odian la voz del gato en la noche, y les parece mal que los gatos corran furtivamente por patios y jardines al atardecer. Pero cualquiera fuera la razón, este viejo y su mujer se deleitaban atrapando y matando a cada gato que se acercara a su cabaña; y, a
partir de los ruidos que se escuchaban después de anochecer, varios lugareños imaginaban que la manera de asesinarlos era extremadamente peculiar. Pero los aldeanos no discutían estas cosas con el viejo y su mujer; debido a la expresión habitual de sus marchitos rostros, y porque su cabaña era tan pequeña y estaba tan oscuramente escondida bajo unos desparramados robles en un descuidado patio trasero. La verdad era, que por más que los dueños de los gatos odiaran a estas extrañas personas, les temían más; y, en vez de confrontarlos como asesinos brutales, solamente tenían cuidado de que ninguna mascota o ratonero apreciado, fuera a desviarse hacia la remota cabaña, bajo los oscuros árboles.
 Cuando por algún inevitable descuido algún gato era perdido de vista, y se escuchaban ruidos después del anochecer, el perdedor se lamentaría impotente; o se consolaría agradeciendo al Destino que no era uno de sus hijos el que de esa manera había desaparecido. Pues la gente de Ulthar era simple, y no sabían de dónde vinieron todos los gatos. 

 Un día, una caravana de extraños peregrinos procedentes del Sur entró a las estrechas y empedradas calles de Ulthar. Oscuros eran aquellos peregrinos, y diferentes a los otros vagabundos que pasaban por la ciudad dos veces al año. En el mercado vieron la fortuna a cambio de plata, y compraron alegres cuentas a los mercaderes. Cuál era la tierra de estos peregrinos, nadie podía decirlo; pero se les vio entregados a extrañas oraciones, y que habían pintado en los costados de sus carros extrañas figuras, de cuerpos humanos con cabezas de gatos, águilas, carneros y leones. Y el líder de la caravana llevaba un tocado con dos cuernos, y un curioso disco entre los cuernos.

 En esta singular caravana había un niño pequeño sin padre ni madre, sino con sólo un gatito negro a quien cuidar. La plaga no había sido generosa con él, mas le había dejado esta pequeña y peluda cosa para mitigar su dolor; y cuando uno es muy joven, uno puede encontrar un gran alivio en las vivaces travesuras de un gatito negro. De esta forma, el niño, al que la gente oscura llamaba Menes, sonreía más frecuentemente de lo que lloraba mientras se sentaba jugando con su gracioso gatito en los escalones de un carro pintado de manera extraña.

 Durante la tercera mañana de estadía de los peregrinos en Ulthar, Menes no pudo encontrar a su gatito; y mientras sollozaba en voz alta en el mercado, ciertos aldeanos le contaron del viejo y su mujer, y de los ruidos escuchados por la noche. Y al es escuchar esto, sus sollozos dieron paso a la reflexión, y finalmente a la oración. Estiró sus brazos hacia el sol y rezó, en un idioma que ningún aldeano pudo entender; aunque no se esforzaron mucho en hacerlo, pues su atención fue absorbida por el cielo y por las formas extrañas que las nubes estaban asumiendo. Esto era muy peculiar, pues mientras el pequeño niño pronunciaba su petición, parecían formarse arriba las figuras sombrías y nebulosas de cosas exóticas; de criaturas híbridas coronadas con discos de costados gastados. La naturaleza está llena de ilusiones como esa para impresionar al imaginativo.

 Aquella noche los errantes dejaron Ulthar, y no fueron vistos nunca más. Y los dueños de casa se preocuparon al darse cuenta que en toda la villa, no había ningún gato. De cada hogar el gato familiar había desaparecido; los gatos pequeños y los grandes, negros, grises, rayados, amarillos y blancos. Kranon el Anciano, el burgomaestre, juró que la gente siniestra se había llevado a los gatos como venganza por la muerte del gatito de Menes, y maldijo a la caravana y al pequeño niño. Pero Nith, el enjuto notario, declaró que el viejo campesino y su esposa eran probablemente los más sospechosos; pues su odio por los gatos era notorio y, con creces, descarado. Pese a esto, nadie osó a quejarse ante la dupla
siniestra; a pesar de que Atal, el hijo del posadero, juró que había visto a todos los gatos de Ulthar al atardecer en aquel patio maldito bajo los árboles, caminando en círculos lenta y solemnemente alrededor de la cabaña, dos en una línea, como realizando algún rito de las bestias, del que nada se ha oído. Los aldeanos no supieron cuánto creer de un niño tan pequeño; y aunque temían que el malvado par había hechizado a los gatos hacia su muerte, preferían no confrontar al viejo campesino hasta encontrárselo afuera de su oscuro y repelente patio.

 De este modo, Ulthar se durmió, en un infructuoso enfado; y cuando la gente despertó al amanecer ¡He aquí que cada gato estaba de vuelta en su acostumbrado fogón! Grandes y pequeños, negros, grises, rayados, amarillos y blancos, ninguno faltaba. Aparecieron muy brillantes y gordos, y sonoros con ronroneante satisfacción. Los ciudadanos comentaban unos con otros sobre el suceso, y se maravillaban no poco. Kranon el Anciano nuevamente insistió que
era la gente siniestra quien se los había llevado, puesto que los gatos no volvían con vida de la cabaña del viejo y su mujer. Pero todos estuvieron de acuerdo en una cosa: que la negativa de todos los gatos a comer sus porciones de carne o a beber de sus platillos de leche, era extremadamente curiosa. Y durante dos días enteros los gatos de Ulthar, brillantes y lánguidos, no tocaron su comida, sino que solamente dormitaron ante el fuego o bajo el sol.

 Pasó una semana entera antes de que los aldeanos notaran que, en la cabaña bajo los árboles, no se prendían luces al atardecer. Luego, en enjuto Nith recalcó que nadie había visto al viejo y a su mujer desde la noche en que los gatos estuvieron fuera. La semana siguiente, el burgomaestre decidió vencer sus miedos y llamar a la silenciosa morada, como un asunto del deber, aunque fue cuidadoso
de llevar consigo, como testigos, a Shang, el herrero, y a Thul, el cortador de piedras. Y cuando hubieron echado abajo la frágil puerta sólo encontraron lo siguiente: dos esqueletos humanos limpiamente descarnados sobre el suelo de tierra, y una variedad de singulares insectos arrastrándose por las esquinas sombrías.

 Posteriormente hubo mucho que comentar entre los ciudadanos de Ulthar. Zath, el forense, discutió largamente con Nith, el enjuto notario; y Kranon y Shang y Thul fueron abrumados con preguntas. Incluso el pequeño Atal, el hijo del posadero, fue detenidamente interrogado y, como recompensa, le dieron una fruta confitada.  Hablaron del viejo campesino y su esposa, de la caravana de siniestros peregrinos, del pequeño Menes y de su gatito negro, de la oración de Menes y del cielo durante aquella plegaria, de los actos de los gatos la noche en que se fue la caravana, o de lo que luego se encontró en la cabaña bajo los árboles, en aquel repugnante patio.
 Y, finalmente, los ciudadanos aprobaron aquella extraordinaria ley, la que es referida por los mercaderes en Hatheg y discutida por los viajeros en Nir, a saber, que en Ulthar ningún hombre puede matar a un gato.


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HASTA EN LOS MARES (H.P. LOVECRAFT Y H. BARLOW)



HASTA EN LOS MARES (H.P LOVECRAFT Y H.BARLOW)




 El hombre descansaba sobre la erosionada cima de un risco, oteando más allá del valle. Desde allí podía ver una gran distancia, pero en toda la marchita extensión no había ningún movimiento visible. Nada se agitaba en la polvorienta llanura ni en la desmenuzada arena de los lechos de ríos desecados mucho tiempo atrás, por donde una vez fluyeran los caudalosas corrientes de la juventud de la Tierra. Había poco verdor en aquel mundo terminal, aquel capítulo final de la prolongada presencia de la humanidad sobre el planeta. Durante incontables eones, la sequía y las tormentas de arena habían asolado todas las tierras. Los árboles arbustos habían dado paso a pequeños y retorcidos matorrales que subsistieron largo tiempo merced a su fortaleza: pero ellos, a su vez, perecieron ante la embestida de toscas hierbas y fibrosa y dura vegetación de extraña evolución.



 El omnipresente calor, creciente según la Tierra giraba más próxima al Sol, marchitó y mató con rayos inmisericordes. No había sucedido repentinamente, transcurrieron largos eones antes de que pudiera sentirse el cambio. Y, a lo largo de esas primeras eras, la adaptable forma del hombre había seguido una lenta mutación, moderándose a sí mismo para soportar el progresivamente tórrido aire. Luego llegó el día en que el hombre pudo aguantar en sus calurosas ciudades, aunque enfermo, y comenzó el gradual retroceso, lento pero imparable. Aquellas ciudades y poblaciones cercanas al ecuador fueron las primeras, por supuesto, pero después fueron seguidas por otras. El hombre, degenerado y exhausto, no pudo hacer frente durante mucho tiempo al calor que ascendía inexorablemente. Se consumía, y la evolución era demasiado lenta para dotarle de nuevas resistencias.



 Aunque no bruscamente, las grandes ciudades del ecuador fueron las primeras en ser abandonadas a merced de la araña y el escorpión. En los primeros años hubo muchos que resistieron, ideando curiosos escudos y armaduras contra el calor y la mortífera sequedad. Esas almas intrépidas, reforzando algunos edificios contra el sol implacable, crearon mundos refugio en miniatura en cuyo interior no era necesaria la armadura protectora. inventaron maravillosos ingenios, de forma que unos pocos hombres continuaron en las oxidadas torres, esperando así aguantar en las antiguas tierras hasta que terminara la sequía. Ya que muchos no quisieron creer cuanto decían los astrónomos y aguardaban la vuelta del viejo mundo. Pero un día, los hombres de Dath, en la nueva ciudad de Niyara, hicieron señales a Yuanario, su capital de antigüedad inmemorial, y no recibieron ninguna respuesta de los pocos que permanecían en su interior. Y cuando los exploradores llegaron a la milenario ciudad de torres enlazadas por puentes encontraron sólo silencio. No había ni siquiera el horror de la corrupción, ya que los lagartos carroñeros habían sido diligentes.



 Sólo entonces la gente comprendió plenamente que aquellas ciudades estaban perdidas para ellos y supieron que debían abandonarlas por siempre a la naturaleza. Los otros colonizadores de las tierras cálidas huyeron de sus arriesgadas posiciones, y el silencio total reinó entre los altos muros de basalto de un millar de torres vacías. De las densas muchedumbres y actividades multitudinarias del pasado no quedó finalmente nada. Entonces, allí se alzaron, contra los desiertos sin lluvia, las ahuecadas torres de hogares vacíos, factorías y estructuras de todas clases, reflejando la deslumbrante radiación del sol y agostándose bajo el cada vez más intolerable calor.



 Muchas tierras, sin embargo, habían escapado aún a la plaga abrasadora, por lo que pronto los refugiados fueron absorbidos en la vida de un nuevo mundo. Durante siglos extrañamente prósperos, las blanqueadas ciudades desiertas del ecuador fueron medio olvidadas y adornadas con fantásticas fábulas. Hubopocos pensamientos sobre aquellas torres espectrales en ruinas… aquellos montones de muros gastados y invadidas por cactos, oscuramente silenciosas y abandonadas.



 Hubo guerras, devastadoras y prolongadas, aunque los tiempos de paz fueron mayores. Pero siempre el henchido sol aumentaba su emisión según la Tierra giraba más próxima a su progenitor. Era como si el planeta pensara volver a la fuente de donde brotó, eones atrás, merced a un cataclismo de dimensiones cósmicas. Tras un tiempo, el desastre reptó más allá del cinturón central. El sur de Yarat se convirtió en un árido desierto… y luego el norte. En Perath y Baling, cuyas antiguas ciudades fueron habitadas durante incontables siglos, tan sólo se movían las escamosas formas de la serpiente y la salamandra, y en la última Loton sólo se escuchaba las esporádicas caídas de las tambaleantes torres y las desmoronadas cúpulas.



 El gran desahucio del hombre de los dominios que siempre conocieran tuvo lugar lenta, universal e inexorablemente. Ninguna tierra en el interior del creciente y destructor cinturón se libró. Fue una épica, una titánica tragedia cuya trama no fue revelada a los actores: el total abandono de las ciudades del hombre. No llevó siglos ni eras, sino milenios de crueles cambios. Y aún continuaba… sombría, inevitable, brutalmente devastadora.



 La agricultura se paralizó; rápidamente, el mundo se volvió demasiado árido para las cosechas. Se remedió mediante sustitutos artificiales, pronto universalmente empleados. Y mientras los viejos lugares que habían conocido los grandes hechos de los mortales eran abandonados, el botín rescatado por los fugitivos mermó más y más. Objetos del mayor valor e importancia quedaron olvidados en museos muertos -perdidos entre los siglos- y, al fin, la herencia de un pasado inmemorial fue abandonada. La decadencia tanto física como cultural surgió con el insidioso calor. Ya que los hombres habían vivido tanto tiempo cómodos y seguros que este éxodo de pasados escenarios fue difícil. Tales sucesos no fueron recibidos Temáticamente, su misma lentitud era aterradora. La degradación y el desastre fueron pronto comunes, los gobiernos se disolvieron y las desamparadas civilizaciones se sumieron en la barbarie.



 Luego, cuarenta y nueve siglos después de la ruina del cinturón ecuatorial, todo el hemisferio oeste quedó despoblado y el caos fue completo. No hubo trazas de orden o decencia en las últimas escenas de esta titánica, atroz e impresionante migración. Locura y frenesí acosaron a todos, y los fanáticos portavoces de un Armagedón estaban a la orden del día.



 La humanidad se convirtió un lastimero residuo de antiguas razas, un fugitivo no sólo de las condiciones imperantes, sino también de su propia degeneración. Aquellos que pudieron huyeron a las tierras del norte y el antártico, el resto se sumió durante años en una increíble saturnalia, dudando vagamente de la cercana tragedia. En la ciudad de Borligo se llevó a cabo la total ejecución de los nuevos profetas, tras meses de espera infructuosa. Pensaron que la fuga a tierras del norte era innecesaria y no aguardaban el amenazador final.



 Cómo perecieron debió ser terrible sin duda… aquellas vanas y necias criaturas que pensaron desafiar al universo. Pero las tiznadas y chamuscadas torres son mudas…

 Tales sucesos, no obstante, no deben ser registrados, porque hay cosas más importantes para considerar que la lenta y total caída de una civilización perdida. Durante un largo periodo, la moral tuvo su punto más bajo entre los pocos valientes asentados en las riberas del ártico y el antártico, tan templados como lo fuera el sur de Yarat en tiempos muy pretéritos. Pero aquello era sólo una prorrroga. El suelo era fértil, y las perdidas artes de 1ª ganadería fueron recobradas de nuevo. Fue durante mucho tiempo un tranquilo y pequeño epítome de las tierras perdidas, aunque no había ya inmensas multitudes ni grandes edificios. Tan sólo el diseminado remanente de humanidad superviviente a eones de cambios habitando aquellas dispersas poblaciones de la tierra tardía.


 Cuántos milenios duró esto, no se sabe. El sol era lento en invadir este último refugio y, con el devenir de las eras, se desarrolló una raza fuerte y sana que no guardaba memoria o leyendas de las viejas y perdidas tierras. Este nuevo pueblo efectuaba pocas navegaciones, y las máquinas voladoras estaban totalmente olvidadas. Sus artefactos eran del tipo más simple, y su cultura sencilla y primitiva. Aun así, eran felices y aceptaban el caluroso clima como algo natural y acostumbrado. Pero, desconocidos para aquellos sencillos campesinos, aún mayores rigores de la naturaleza les estaban reservados. Mientras pasaban las generaciones, las aguas del vasto e insondable océano fueron secándose lentamente, enriqueciendo el aire y el reseco suelo, pero menguando más a cada siglo. El batiente oleaje aún relucía claro, y los tornadizos remolinos permanecían, pero un destino de desecación pendía sobre la total extensión de las aguas. No obstante, la merma no podía ser detectada excepto mediante instrumentos más delicados que los conocidos por la raza. Aun descubriendo la gente esta contracción del océano, no es probable que cundieran grandes alarmas o perturbaciones, ya que las pérdidas eran tan ligeras y los mares tan grandes… sólo unos pocos centímetros durante muchos siglos; pero en muchos siglos, e incrementándose…



  Así desaparecieron por fin los océanos, y el agua llegó a ser una rareza en el globo resecado por el ardiente sol. El hombre se había desparramado lentamente por todas las tierras árticas y antárticas.  Las ciudades ecuatoriales, y muchas de las posteriores poblaciones, estaban perdidas aun para las leyendas. Había alteraciones de la paz a cada momento, ya que el agua era escasa y sólo se encontraba en profundas cavernas. Incluso así, era bastante poca, y los hombres morían en sedientos vagabundeas por lejanos lugares. Aunque tan lentos eran aquellos mortíferos cambios que cada nueva generación era renuente a creer lo que oía de sus padres. Nadie quería admitir que el calor hubiera sido menor o el agua más abundante en los viejos tiempos, ni guardarse del ardor resecante y agostador que estaba por llegar. Así fue hasta el final, cuando sólo unos pocos centenares de humanos jadeaban en busca de aliento bajo el cruel sol: un mísero puñado agrupado de los incontables millones que una vez moraran sobre el sentenciado planeta.

  Y los centenares disminuyeron aún más, hasta que la humanidad se redujo a unas decenas. Esas decenas se refugiaron junto a la menguante humedad de las cuevas y supieron que el fin estaba cerca. Tan pequeño era su radio de acción, que nadie había visto jamas las pequeñas fabulosas áreas de hielo cercanas a los polos del planeta… si es que éstas aún existían. incluso de haber sido así, y de haber sido conocidas por los hombres, nadie podría haberlas alcanzado a través de los formidables desiertos sin caminos. Y así el último y patético resto disminuia…


 No puede describirse esa espantosa cadena de sucesos que despoblaron la Tierra entera, es demasiado tremendo para que nadie pueda pintarlos o abarcarlos. Del pueblo de las eras afortunadas de la Tierra, miles de millones de años atrás, sólo unos pocos profetas y locos pudieron haber concebido lo que iba a suceder; pudieron haber tenido visiones de las tierras silenciosas y muertas, y los lechos de los mares totalmente vacíos. El resto habría dudado… dudado tanto de la sombra de cambio sobre el planeta como de la sombra de sentencia sobre la especie. Ya que el hombre se ha considerado siempre como el amo inmortal de las cosas naturales… Cuando hubo aliviado los estertores moribundos de la anciana, Ull lanzó una temerosa mirada a las deslumbrantes arenas. Ella había sido un ser espantoso, arrugado y deshidratado como una hoja marchita. Su rostro tenía el color de la enfermiza hierba amarilla que se agostaba bajo el viento ardiente, y era espantosamente vieja.



 Pero había sido una compañía, alguien con quien compartir vagos temores, con quien hablar de cosas increíbles; un camarada con el que compartir la esperanza de auxilio de esas otras silenciosas colonias más allá de las montañas. No podía creer que no viviera nadie en alguna otra parte, ya que Ull era joven y no tenía la certidumbre de la anciana. Durante muchos años no había conocido a nadie más que la anciana: su nombre era Mladdna. Había llegado el día de su undécimo cumpleaños, cuando los cazadores salieron a buscar carne y no regresaron. Ull no tenía madre que pudiera recordar, y había pocas mujeres en el grupo. Cuando los hombres desaparecieron, aquellas tres mujeres, la joven y las dos viejas, habían gritado aterradas y gimoteado durante mucho tiempo. -  Luego la joven había enloquecido, dándose muerte con un bastón afilado. Las ancianas la enterraron en un agujero poco profundo excavado con sus propias uñas; así que Ull estaba solo cuando llegó esta Mladdna, aún más vieja. Ella caminaba con ayuda de un nudoso bastón, una preciada reliquia de los viejos bosques, duro y pulido por los años de uso. No dijo de dónde provenía, pero renqueó hasta el interior mientras la joven suicida era enterrada.  Allí aguardó hasta que volvieron las dos, y éstas la aceptaron sin curiosidad.



 Así fue durante muchas semanas, hasta que las otras dos cayeron enfermas, y Mladdna no pudo curarlas. Extraño fue que aquellas dos, más jóvenes, cayeran, mientras que ella, más débil y anciana, sobrevivió. Mladdna las había cuidado durante muchos días, y por fin murieron, por lo que Ull quedó solo con la extranjera. Él gritó toda la noche, hasta que ella acabó perdiendo la paciencia y le amenazó con morir también. Entonces, oyéndola, se calmó al fin, ya que no deseaba quedar en completa soledad. Tras eso, había vivido con Mladdna y ella desenterraba raíces para comer. La podrida dentadura de Mladdna estaba demasiado enferma para roer la comida que encontraba, pero ellos la picaban hasta que ella podía tomarla. Esta fatigosa rutina de búsqueda y comida constituyó la infancia de Ull.



 Ahora, a sus diecinueve años, era fuerte y firme, y la anciana había muerto. No había nada que le atara allí, por lo que se decidió por fin a buscar aquellas fabulosas cabañas detrás de las montañas y vivir con aquel pueblo. Ull cerró la puerta de su choza -por qué, él no pudo contestárselo, ya que no había allí animales desde hacía muchos años- y dejó a la mujer muerta en su interior. Medio deslumbrado, y aterrado ante su propia audacia, caminó durante largas horas por las secas hierbas, hasta que por fin alcanzó las primeras estribaciones de las colinas. El atardecer llegó, y él trepó hasta que estuvo exhausto y se tumbó sobre la hierba. Allí tendido, pensó en muchas cosas. Se preguntó acerca de la vida extranjera, apasionadamente ansioso de alcanzar la perdida colonia del otro lado de las montañas, pero al fin se durmió. Cuando despertó, había luz de estrellas en su rostro y se sintió vigorizado. Ahora que el sol se había ido por un tiempo, viajó más rápido y decidió apresurarse antes de que la falta de agua se volviera insoportable. No había llevado nada consigo, ya que el último pueblo, morando en un lugar fijo y no teniendo ocasiones para acarrear su preciada agua, carecía de recipientes de cualquier clase. Ull deseaba alcanzar su meta antes de un día y escapar así de la sed, por eso se apresuraba bajo el fulgor de las estrellas, corriendo a veces en la atmósfera cálida y reduciendo a un paso ligero en otras ocasiones.



 Prosiguió mientras el sol se elevaba, aunque aún estaba en las pequeñas colinas con tres grandes picos alzándose al frente. Bajo su sombra, descansó de nuevo. Luego ascendió durante toda la mañana, y a mediodía remontó el primer pico; allí se tumbó por un tiempo, estudiando el espacio antes de la nueva etapa. El hombre descansó sobre el borde erosionado de un risco. Ante él pudo ver grandes distancias, pero en toda la desértico extensión no había movimientos visibles… Llegó la segunda noche, y encontró a Ull entre los rudos picos, con el valle y el lugar donde había descansado muy lejos y abajo. Estaba cerca del segundo pico ahora y aún se apresuraba. Alcanzó el tercero aquel día, lamentando su locura. Aunque no podía haber permanecido allí con el cadáver, solo en la pradera. Trató de convencerse de esto y se apresuró todavía hacia delante, cansadamente tenso.



 Y por fin sólo hubo unos pocos pasos antes de que el risco terminara, permitiéndole contemplar la tierra de más allá. Ull se tambaleó agotado por el camino rocoso, cayendo y golpeándose aún más. Estaba cerca, esa tierra donde los hombres rumoreaban que habían habitado, esa tierra sobre la que había oído historias en su niñez. El camino era largo, pero la recompensa grande. Una roca de gigantesco perímetro interrumpió su Vista, y él la escaló ansiosamente. Por fin pudo contemplar el sumido orbe de su tan ansiado destino, y sus doloridos y sedientos músculos fueron olvidados cuando vio gozoso que una pequeña aglomeración de construcciones pendía de la base del risco más lejano. Ull no se detuvo, sino que, espoleado por lo que vio, corrió, se tambaleó y se arrastró el kilómetro restante. Creyó detectar formas entre las rústicas cabañas. El sol estaba a punto de ponerse; el odioso, devastador sol que había acabado con la humanidad. No pudo vislumbrar detalles, pero pronto las cabañas estuvieron cerca. Eran muy viejas, de bloques arcillosos consumidos por la perenne sequedad del mundo moribundo. Poco, en efecto, cambiaba excepto por los seres vivientes: las hierbas y aquellos últimos hombres.



 Ante él, una puerta abierta pendía de toscos goznes. Bajo la luz moribunda Ull entró, exhausto, buscando con avidez los ansiados rostros. Luego se desplomó sobre el suelo y lloró a mares, ya que sobre la mesa se apoyaba un reseco y antiguo esqueleto. Se levantó por fin, enloquecido por la sed, insoportablemente dolorido y sufriendo las mayores desilusiones que cualquier mortal pueda 
conocer. Era, pues, el último ser viviente sobre el globo. Él, el heredero de la Tierra… todas las tierras, y todas igualmente inútiles para él. Retrocedió tambaleándose, sin mirar a la borrosa figura blanca bajo el reflejo de la luz de la luna, y cruzó la puerta.  Deambuló por el vacío poblado buscando agua e inspeccionando con tristeza aquel lugar vacío, tan espectralmente conservado por el aire inmóvil. Ahí había una morada, allá un rústico lugar para fabricar objetos… recipientes de arcilla que sólo contenían polvo y nada de líquido para mitigar su sed abrasadora.



 Entonces, en el centro del pequeño poblado, Ull vio la boca de un pozo. Sabía qué era, ya que había oído cuentos sobre ello a Mladdna. Con mísera alegría, se tambaleó hacia adelante y se inclinó sobre la boca. Allí, por fin, estaba el final de su búsqueda.  Agua -fangosa, estancada y escasa, pero agua- ante sus ojos. Ull aulló con la voz de un animal torturado, tanteando en busca de cubo y cadena. Su mano resbaló en el fangoso borde y cayó sobre el pecho en el pretil. Durante un instante se mantuvo allí, luego, sin un sonido, su cuerpo se precipitó en el negro pozo.

 Hubo un ligero chapuzón en la tenebrosa superficie cuando impactó contra una piedra sumergida, desprendida eones atrás de la masiva albardilla. La agitación del agua se sosegó progresivamente. Así, por fin, la Tierra estuvo muerta. El último superviviente, digno de lástima, había perecido. Los incontables miles de millones, los lentos eones, los imperios y civilizaciones de la humanidad se resumían en aquella pobre forma retorcida… ¡y cuán titánico sinsentido fue todo! Ahora, en efecto, había llegado un final y clímax para todos los esfuerzos de la humanidad…                       ¡cuán monstruoso e increíble clímax a ojos de aquellos pobres necios complacientes de los días prósperos! Nunca más conocería el planeta el atronador hollar de millones de humanos… ni el reptar de los lagartos o el zumbido de insectos, ya que-ellos también se habían ido. Había llegado el reino de las ramas sin savia y de los interminables campos de marchita hierba. La Tierra, como su fría e imperturbable luna, se había sumido en el silencio y la oscuridad para siempre.


 Las estrellas ronroneaban; el mismo plan descuidado continuaría por desconocidas infinidades. Este final trivial para un episodio insignificante no importaba a las distantes nebulosas o a los soles naciendo, floreciendo y muriendo. La estirpe del hombre, demasiado minúscula y efímera para tener una función o propósito reales, era tal conclusión le habían como si nunca hubiera existido.  A tal conclusión le habian llevado los eones de su ridícula y tramposa evolución. Pero cuando los mortíferos rayos del sol naciente se derramaron por el valle, una luz alcanzó el fatigado rostro de una quebrada figura que yacía en el fango.



Howard Phillip Lovecraft (1890-1937) H. Barlow.